
El disparo resquebraja el silencio con la violencia del hacha del verdugo arrebatando una vida. El fogonazo hiere mis ojos, dejándome completamente ciego en la oscuridad reinante. Algo húmedo y viscoso salpica mi mano. El silencio que sigue es casi sobrenatural.
Así muere aquella mujer apática a la que identifico como madre, aunque hace mucho tiempo que la he dejado de considerar como tal.
Así empieza el principio del final de mi miedo.
Sólo dos horas antes, me encuentro cenando un estofado de carne sentado en el porche y ningún cambio significativo en mi vida. Sólo mi vieja rutina de miedo, dolor y desesperanza.
Sobre mi cabeza, la ventana de la cocina. Dentro, mi padre parlotea sobre sus compañeros de trabajo, las mujeres de éstos, su jefe y su correspondiente esposa. No tiene nada bueno que decir, como de costumbre. Su boca es un aspersor de veneno puro. Mi hermano mayor le escucha con expresión admirativa, y estoy seguro de que mi padre le cree admirado. Mi madre mantiene su cansada expresión indiferente, engullendo comida como si todo lo que se llevara a la boca careciese de sabor. No necesito estar presente para verlo. Es siempre la misma representación.
Esta noche mi padre ha decidido que mi forma de comer le da arcadas, y no me cabe duda de que nunca me habría enviado a cenar fuera si llegase a sospechar que me está haciendo un favor. Pero así es. Hace una agradable noche de principios de primavera. El céfiro me acaricia casi con sensualidad. Jirones de nubes se mueven perezosamente en torno a la media luna creciente que dota de una belleza fantasmal a todo lo que se extiende ante mis ojos, más allá del muro y los huertos que hay al otro lado de la calzada. Un paisaje boscoso en el que apenas se vislumbra la silueta de alguna que otra casa o la acogedora luz de alguna ventana.
Ojalá mi padre me castigase así más a menudo, privándome de la compañía de una familia que sólo parece unida por su aversión hacia mí. Por desgracia, mi padre conoce mejores métodos para torturarme y no se acostará sin recordármelo. Como si hiciera falta.
El estallido de violencia llega con el postre. La ventana de la cocina se abre, poniéndome en tensión. Mi hermano, una astilla digna de su padre, me lanza un trozo de bizcocho junto a los pies. No habría sido un mal postre de no ser por la mugre que alfombra la superficie del porche.
–Más vale que te lo comas –me advierte, pero sé que está deseando que me niegue, y no le defraudo.
Me quedo inmóvil, las rodillas casi tocando el pecho y la mirada fija al frente, en la silueta de los pinos elevados de una pequeña colina, deseando estar allí, oculto, invisible al mundo.
Mi hermano no tarda en informar de mi rebeldía. La mecha se enciende, y la mecha es muy corta. La puerta principal se abre con violencia y, de pronto, me veo alzado por los aires, el rostro huesudo de mi padre a escasos centímetros del mío. Sus ojos destilan un odio sordo, ácido. En la mano libre sostiene el trozo de bizcocho.
–¡Come! –me ordena–. ¡Come, come, come! –Y me lo embute en la boca a la fuerza, desmigándolo entre sus dedos ásperos y gruesos. Me atraganto, toso con fuerza; restos de migas impactan en su cara. Un gruñido de furia. Un puño de acero clavándose en mi estómago. Los restos del bizcocho salen disparados de mi boca, propulsados por el oxígeno que abandona mis pulmones. Esta vez mancho su camisa. Varios puñetazos más me dejan tirado en el suelo, boqueando en busca de aire.
Mis resuellos no me impiden escuchar a mi padre cerrar la puerta de un portazo, y luego, el pasador de la cerradura cerrarse con doble vuelta. También escucho la risita satisfecha de mi hermano, acompañada de un “Debiste de hacerme caso”. Y también otro sonido, más tenue. El del acero inoxidable de un cubierto rozando el fondo de un plato: mi madre, finalizando su cena, ajena a todo.
Mónica. Nunca antes me había pasado que pudiera percibir el sabor de un nombre. Mónica. Lo paladeé cuando me lo dijo. Un nombre que se desliza en mi boca con la suavidad de un mousse muy ligero. Su sabor es sutil pero pertinaz.
Mónica. Un nombre que evoca piel de alabastro y cabello recién lavado. Una muñeca de porcelana, frágil y hermosa.
Su piel es pálida como la nieve, eso es cierto, y su cabello, negro como una noche sin luna ni estrellas, es suave y tiene un olor agradable. Pero
Me dirijo hacia el garaje, mi único refugio posible para pasar la noche, caminando paralelo al muro que rodea esto que llamo hogar, cuando noto que algo roza mi brazo. Mi sorpresa es indescriptible cuando veo, perfilado por la luna, que se trata de un pie. Se balancea levemente, con naturalidad, como si aquel fuese su lugar. Alzo la vista. Una figura solitaria recortada sobre el fulgor plateado de la noche. Su rostro níveo velado por las sombras, su media melena desordenada, tan negra que parece pintada, el brillo de sus ojos oscuros que me atraviesan como lanzas de hielo. Me mira desde aquella altura con la majestuosidad de una reina pese a su desgarbada pose, y me siento pequeño y vulnerable. Hay algo inquietante en aquellos ojos. Algo que no puedo descifrar.
Entonces me sonríe. Una media sonrisa extrañamente amable en aquel rostro anguloso de facciones duras, no exentas de feminidad. Y creo que es a partir de este momento cuando los latidos de mi corazón cambian su ritmo de un modo sutil pero perfectamente perceptible. Así es. Ahora laten por ella.
Se baja del muro con soltura, plantándose ante mí con su estatura que me sobrepasa en, al menos, veinte centímetros. Me siento un pigmeo con mi escaso metro setenta. Se ve que es fuerte, pero hay algo más que hace su presencia más tangible. Algo indefinible, pero que me pone la piel de gallina.
Sólo una palabra describe lo que siento: fascinación.
Es entonces cuando se presenta y me invita a sentarme con ella en la hierba fresca y descuidada. Me ha estado observando. Ha visto lo que me hizo mi padre. Me ha visto comer solo, como un perro. Sus dedos rozan mi cara. Son fríos y suaves. Se asegura de que capta toda mi atención. Me dice:
–Pero existe una salvación para ti. Yo te ayudaré a enterrar tu miedo y tu dolor.
Y es tal la convicción de su voz que defendería con mi vida la verdad de sus palabras.
Entonces me cuenta una historia.
El relato me pone en la piel de una niña de seis años. La niña vive sola con su madre y nunca había tenido motivo de preocupación. Su existencia transcurre dentro de la rutina habitual de una niña de su edad, salvo porque no sabe quién es su padre. Pero esta cuestión tampoco la preocupa.
Sin embargo, un día todo cambia. Aquella tarde su madre la recoge a la salida del colegio, como siempre. Pero su madre está diferente hoy. No responde a las novedades infantiles de su hija. Está silenciosa, sombría y extrañamente inexpresiva. Su mirada es un completo vacío, una ausencia absoluta. Podría ser la mirada de un cadáver. La niña está preocupada. Ve que su madre no conduce hacia casa; de hecho, va en dirección opuesta. Ahora la niña está asustada. Muy asustada.
Llegan a otra ciudad. Ha sido un viaje algo largo, pero, al fin, su madre parece haber llegado a su destino. Aparca. Mira al otro lado de la calle. Su hija bien podría ser invisible. La pequeña no osa pronunciar palabra.
Pasan diez minutos; veinte; cuarenta… Entonces, la niña percibe el cambio en la respiración de su madre. Sus ojos se abren desmesuradamente. La niña mira en la misma dirección. Hay varias personas al otro lado, paseando por la acera, llevando vidas normales, pero no tarda en darse cuenta de que quien atrae la atención de su madre tan intensamente es una pareja. Un hombre alto y una mujer embarazada. La niña no los había visto jamás, pero su madre les sigue con la mirada, sus ojos unidos a la pareja por cables invisibles.
Transcurren unos pocos segundos antes de que la pareja detenga un taxi, suban y se alejen hasta desaparecer. Por un momento, la niña teme que su madre inicie una persecución, pero la mujer se limita a poner el coche en marcha y emprender el camino de vuelta a casa, que se desarrolla tan silenciosa como la ida.
Ya en casa, la niña suspira aliviada. Ahora que se encuentra en terreno familiar, no le cabe duda de que todo volverá a la normalidad. No sabe aún cuán equivocada está, pero pronto lo descubre.
Su madre irrumpe en su dormitorio. La expresión vacua de sus ojos continúa ahí, más aterradora que nunca. En una mano sostiene el extremo de un cinturón; en el otro extremo, la hebilla se balancea, amenazadora. La niña no comprende, pero intuye que algo va muy mal. Entonces comienza el castigo. La dura hebilla del cinturón la golpea una y otra vez, implacable. La niña grita y llora, pero nada afecta a la roca que ha suplantado el corazón de su madre.
Algún tiempo después, comprende. Aquel hombre que acompañaba a la mujer embarazada era su padre. Él había abandonado a su madre y, por algún motivo, ella culpaba a su hija. Nunca se lo dijo con esas palabras, ni con otras. El rostro del castigo era silencioso, vacío de emoción y expeditivo como la muerte.
Me quedo mudo. Aunque Mónica lo ha narrado en tercera persona, no dudo de que la niña de la historia es ella misma. Siento la obligación de decir algo, pero nada sale de mi boca. Y por lo visto, Mónica tampoco espera ningún consuelo. Se mantiene calmada y serena. En realidad, soy yo quien está al borde de las lágrimas.
–Suéltalo –dice–. Hazme partícipe de tu dolor.
Y obedezco como si llevara toda la vida esperando su llegada para vaciar mi alma sobrecargada de lágrimas. Balbuceo más que hablar, y dudo de que entienda la mitad de lo que digo. Sólo que sí me entiende. Ella ve más allá de mis palabras, como si nuestras almas estuviesen interconectadas de alguna manera. Enumero una veintena de palizas ejercidas por mi padre; decenas de humillaciones a manos de mi hermano. Y siempre presente, la absoluta indiferencia de mi madre.
–Me odian –sollozo–. Siempre ha sido así. Sé que me odian, pero no entiendo el motivo.
–El motivo es que sólo saben hacer daño. Te tienen dominado. Te ven débil y vulnerable y no pueden resistir la tentación de aprovecharse de ello. –Mónica me taladra con sus ojos negros, oscuros en más de un sentido, y de nuevo despiertan en mí inquietud y fascinación a partes iguales–. Pero puedo mostrarte una solución.
Se pone en pie y me tiende una mano. Sus dedos son largos, y su tacto, frío y suave. Una parte de mí teme que mi padre averigüe esta fuga; no obstante, voy con ella.
Saltamos el muro; luego, me conduce hacia la zona boscosa del otro lado de la carretera. Caminar por el bosque de noche es muy diferente a hacerlo por el día. Es como estar en una realidad paralela, más hipnótica, más sujeta a la imaginación y menos a las leyes preponderantes. Y guiado por aquella misteriosa mujer que tan fácil penetra en mi alma, me siento como en un sueño. Y no deseo despertar.
Llegamos hasta un coche pequeño, semioculto por pinos y arbustos. Mónica coge una linterna del maletero. Continuamos caminando sin pronunciar palabra. Ascendemos hacia la cima de la pequeña colina que puedo ver desde el porche de mi casa. Esquivamos troncos, piedras, arbustos, zarzas, precedidos por el cono pálido de la linterna. Con la silueta de su espalda ante mis ojos y la brisa llevándome su olor envuelto en pino y savia, tan sólo el sonido de nuestros pies aplastando tierra, hierba y aguja de pino seca, supe que conservaría este momento en aquella poco frecuentada zona de mi corazón destinada a mis tesoros personales.
Entonces llegamos al lugar que Mónica desea mostrarme. Al principio no lo veo. Pero ella no dice nada y, finalmente, sigo la luz de la linterna. Distingo un montículo de tierra húmeda, coronada por una pala clavada en ella, medio inclinada. Y más allá, una negrura sobrecogedora horadando el suelo.
Mónica se acerca al agujero e ilumina su interior. Titubeo antes de asomarme.
Es una fosa de unos dos metros de profundidad. Más o menos lo mismo de largo y la mitad de ancho. La linterna ahuyenta la oscuridad de su interior, y me revela otro tipo de oscuridad.
Hay algo envuelto en una manta a rayas verdes y marrones. No necesito grandes dosis de imaginación para saber qué es. Ni grandes dotes de deducción para saber quién.
–Sí –dice Mónica, leyéndome el pensamiento–. La madre de la niña. Mi madre.
Sudores fríos recorren mi cuerpo.
–Éste es el modo –su voz, una música oscura y magnética para mis oídos–. El único modo de vencer al dolor, al miedo y al odio. Tienes que acabar con ellos. Y enterrarlos. Sólo así podrás asegurarte de que no volverán a acosarte. La cuestión ahora es: ¿estás dispuesto a hacerlo?
Mi cerebro es una batalla campal entre el miedo y las dudas, la cordura y el deseo.
Y, finalmente, hago la pregunta crucial:
–¿Estarás conmigo?
Una sonrisa plagada de sombras. El brillo de sus ojos negros, titilante, acogedor y distante.
–Hasta el fin –responde.
Esta vez soy yo quien tiende la mano. Ella la encierra entre sus dedos suaves y fríos con firmeza.
Aunque mi padre haya cerrado la puerta con llave, alguien que conozca la casa como yo sabe cómo entrar. Supongo que en todas las casas es igual.
Mónica y yo nos dirigimos a la parte posterior. Nos acercamos a la ventana del cuarto de baño. Parece cerrada, pero no lo está. Hace meses que las ranuras que sujetan el cierre de la ventana no realizan su función. La abro de par en par. Entramos. Silenciosos. Dos sombras. Nos descalzamos para que nuestras pisadas sean mudas. Ella pone algo en mi mano. El cuchillo que cogimos en nuestro segundo paso por el coche. No fue lo único. Mónica empuña un revólver. La débil luz de la luna que llega hasta aquí le arranca suaves reflejos metálicos.
El cuchillo tiembla en mi mano. Tengo miedo. Me gustaría hablar de nuevo sobre esto, pero todo está hablado. Incluso el orden que debemos seguir. Primero, mi hermano.
Avanzamos. Noto el peso de su mano en mi hombro derecho. Me infunde ánimos al tiempo que la guío en la oscuridad. También evita que me desvíe, que cambie la elección.
Con sumo cuidado, giro el pomo del dormitorio. Al entrar, la oscuridad se espesa. Las ranuras de la persiana filtran la suficiente luminosidad para permitirme ver su silueta. Oigo su respiración, profunda y regular. Una respiración que pronto interrumpiré para siempre.
“Tienes que degollarlo –había dicho Mónica–. Así no podrá gritar. Lo sujetas con una mano por la frente y le cortas el cuello, sin dudar. Si dudas, todo habrá acabado para ti.”
Los latidos frenéticos de mi corazón palpitan en mi cráneo. Me ensordecen. Me obligan a jadear. Mi mano izquierda, recubierta de sudor frío, busca la cabeza de mi hermano. Rozo el pelo de su sien. Tiene la cabeza ladeada, pero no mucho. Dejo la mano sobre su frente, en suspenso.
Recuerdo: mi padre organizando peleas entre mi hermano y yo. Somos niños hambrientos de aprobación. Mi hermano siempre gana, él siempre es el campeón, y mi humillación es su medalla. Pero un día eso cambió. Un día yo gané y él terminó llorando. Esperé el premio. Sólo recibí duros golpes de mi padre y el frío desprecio de mi madre. Mi papel era el de perdedor. No tenía derecho a rebelarme contra eso.
Algo gélido y oscuro, algo que, de alguna manera, asocio con la mirada de Mónica (cuya mano, muy suave, continúa en mi hombro), recubre mi corazón de hielo. Placas y placas de hielo, congelando las emociones, el miedo, las dudas.
Mis dedos se convierten en un cepo que aprisiona la frente de mi hermano, presionándola contra la almohada. Se despierta con un gemido, con el inicio de una expresión sobresaltada, que se convierte en un gorgoteo cuando el cuchillo –con una hoja de diez centímetros– penetra la carne de su cuello con pasmosa facilidad. Pero no es suficiente. Se resiste con desesperación y el miedo a que mis padres lo oigan me obliga a ser expeditivo y brutal. Y disfruto. Siento una risa casi incontenible florecer en mi pecho. Pero no; todavía no.
Cuando termino, mis manos están pringosas de sangre. Sangre de mi sangre.
Mónica me susurra al oído, provocándome un cosquilleo agradable:
–Ya has cruzado la línea. Estamos juntos, por completo.
Y eso me hace sonreír. Me hace feliz. Ya no tengo miedo. De hecho, ansío continuar.
Y entramos en el dormitorio de mis padres. Mi padre a la izquierda; mi madre, a la derecha. Como siempre.
Esta vez empuño el revólver. Más pesado de lo que parece, pero me gusta. Me hace sentir mejor, más grande y fuerte.
Me acerco al lado de mi madre. Apunto. Aprieto el gatillo. Adiós, mamá. Adiós a tu indiferencia, a tu desprecio, a tu desinterés por mí. Encuéntrate con el que considerabas tu único hijo en el otro mundo.
Los ronquidos de mi padre llegan a su fin. Empiezan los gruñidos desconcertados. El somier cruje.
Enciendo la luz. La súbita iluminación nos deja medio ciegos a los tres. Pero Mónica ya tiene la punta del cuchillo ensangrentado en su cuello y yo apunto al bulto de su cuerpo, que es todo lo que puedo ver por ahora.
Si de mí dependiera, mi padre habría muerto el primero, ya que lo consideraba el más peligroso. Pero Mónica no quiso. Es más, tuve que prometerle que esperaría su señal. Pronto entendería el porqué.
Mónica saca algo del bolsillo trasero de su pantalón vaquero y lo pone frente al rostro aturdido de mi padre, que todavía no se ha fijado en mí.
Lo que sostiene Mónica es la foto de una mujer. Mira con expresión adusta hacia la cámara. Su pelo es negro como una noche sin luna ni estrellas.
–¿La recuerdas? –le pregunta ella en un tono áspero, como si su garganta fuese de cuero.
Y veo en los ojos de mi padre que sí la recuerda.
Y entonces, comprendo. La verdad cae sobre mí como una lápida de cien toneladas.
–¿Quién… eres? –balbucea mi padre.
–Tu hija –responde Mónica, y me mira de soslayo–. Ahora.
Mi padre me ve por primera vez y su sorpresa alcanza niveles de hipérbole.
Vacío las cinco balas del tambor del revólver sobre su cuerpo. La muerte no le arrebata la expresión de asombro. Sigue allí, acusadora.
–Así que éste es el hombre que abandonó a tu madre –musito.
Mónica se endereza, devolviendo la foto a su bolsillo. Me mira con unos ojos carentes de brillo y emoción. Una expresión vacua, casi inhumana. Como la madre de la niña antes del castigo.
No dice nada. Tampoco hace falta. Acababa de ejecutar al padre de Mónica, responsable del odio que su madre le profesaba. La mujer embarazada con la que la había traicionado yacía ahora con una bala en la cabeza, y la pegajosa sangre que cubría mis manos era de aquel hijo nonato. En ningún momento se había tratado de mí. Yo sólo había sido la herramienta.
Más de dos horas después, nos encontramos de nuevo junto a la fosa destinada a desterrar al olvido nuestros miedos y odios. Al menos, los de uno de los dos. Tres cuerpos más hacen compañía al fardo que era la madre de Mónica.
Estamos jadeantes y sudorosos después de haber llevado los cuerpos hasta allí, tras haberlos transportado en el coche hasta el punto más cercano posible a la colina. Un duro trabajo que debía ser recompensado con una sensación de alivio. El miedo ya no debería existir. Y así es. El miedo ya no está. En su lugar hay un vacío más abismal y profundo que cualquier fosa.
Eso, y algo más.
–Pensabas matarlos de todos modos –digo.
Mónica, una sombra alta y ominosa a mi lado, no responde. No ha dicho ni una sola palabra desde la muerte de mi padre. Nuestro padre.
–Me utilizaste. –Siento un nudo en la garganta–. Todo era mentira. Tu ayuda, tus promesas…
Entonces, Mónica me abraza, pegando su pálida y fría mejilla a la mía, que está húmeda por las lágrimas.
–¿Cuál fue mi promesa? –me pregunta.
–Me prometiste que estaríamos juntos hasta el final.
–Te prometí que estaría contigo hasta el final –matiza ella–. Y cumpliré mi palabra.
Comprendo el horrible significado de sus palabras. La luz de la luna, tamizada por las ramas de los árboles, aparece fragmentada y brumosa con la aparición de nuevas lágrimas.
–Pero… –sollozo.
Me hace callar con un dedo en mis labios. Pega los suyos en mi frente, y los mantiene allí, suavemente presionados. Siento el cañón del revólver contra mi pecho, casi una caricia.
–Esto es necesario –me susurra–. Debo enterrar mi pasado. No podría mirarte sin verle a él.
Así que éste es mi final. Y, tal como me prometió, lo alcanzo en su compañía. Entonces, ¿por qué me siento tan solo? ¿Tan abandonado?
Quiero decir algo, pero el nudo en mi garganta ahoga mis palabras. Entonces hago el último gesto capaz de resumir mis sentimientos. La abrazo, rodeando su espalda con ambos brazos. Siento sus músculos tensos bajo la tela del delgado suéter. Aspiro su olor y trato de retenerlo, en vano, cuando la bala me atraviesa. Me llevo su imagen cada vez más lejana, su figura convertida en una sombra recortada sobre el tamiz de luz pálida, mientras caigo al fondo de la fosa, con los restos de su dolor, su miedo y su odio.
Ya eres libre.











