lunes 5 de octubre de 2009

LA FOSA

El disparo resquebraja el silencio con la violencia del hacha del verdugo arrebatando una vida. El fogonazo hiere mis ojos, dejándome completamente ciego en la oscuridad reinante. Algo húmedo y viscoso salpica mi mano. El silencio que sigue es casi sobrenatural.

Así muere aquella mujer apática a la que identifico como madre, aunque hace mucho tiempo que la he dejado de considerar como tal.

Así empieza el principio del final de mi miedo.

Sólo dos horas antes, me encuentro cenando un estofado de carne sentado en el porche y ningún cambio significativo en mi vida. Sólo mi vieja rutina de miedo, dolor y desesperanza.

Sobre mi cabeza, la ventana de la cocina. Dentro, mi padre parlotea sobre sus compañeros de trabajo, las mujeres de éstos, su jefe y su correspondiente esposa. No tiene nada bueno que decir, como de costumbre. Su boca es un aspersor de veneno puro. Mi hermano mayor le escucha con expresión admirativa, y estoy seguro de que mi padre le cree admirado. Mi madre mantiene su cansada expresión indiferente, engullendo comida como si todo lo que se llevara a la boca careciese de sabor. No necesito estar presente para verlo. Es siempre la misma representación.

Esta noche mi padre ha decidido que mi forma de comer le da arcadas, y no me cabe duda de que nunca me habría enviado a cenar fuera si llegase a sospechar que me está haciendo un favor. Pero así es. Hace una agradable noche de principios de primavera. El céfiro me acaricia casi con sensualidad. Jirones de nubes se mueven perezosamente en torno a la media luna creciente que dota de una belleza fantasmal a todo lo que se extiende ante mis ojos, más allá del muro y los huertos que hay al otro lado de la calzada. Un paisaje boscoso en el que apenas se vislumbra la silueta de alguna que otra casa o la acogedora luz de alguna ventana.

Ojalá mi padre me castigase así más a menudo, privándome de la compañía de una familia que sólo parece unida por su aversión hacia mí. Por desgracia, mi padre conoce mejores métodos para torturarme y no se acostará sin recordármelo. Como si hiciera falta.

El estallido de violencia llega con el postre. La ventana de la cocina se abre, poniéndome en tensión. Mi hermano, una astilla digna de su padre, me lanza un trozo de bizcocho junto a los pies. No habría sido un mal postre de no ser por la mugre que alfombra la superficie del porche.

–Más vale que te lo comas –me advierte, pero sé que está deseando que me niegue, y no le defraudo.

Me quedo inmóvil, las rodillas casi tocando el pecho y la mirada fija al frente, en la silueta de los pinos elevados de una pequeña colina, deseando estar allí, oculto, invisible al mundo.

Mi hermano no tarda en informar de mi rebeldía. La mecha se enciende, y la mecha es muy corta. La puerta principal se abre con violencia y, de pronto, me veo alzado por los aires, el rostro huesudo de mi padre a escasos centímetros del mío. Sus ojos destilan un odio sordo, ácido. En la mano libre sostiene el trozo de bizcocho.

–¡Come! –me ordena–. ¡Come, come, come! –Y me lo embute en la boca a la fuerza, desmigándolo entre sus dedos ásperos y gruesos. Me atraganto, toso con fuerza; restos de migas impactan en su cara. Un gruñido de furia. Un puño de acero clavándose en mi estómago. Los restos del bizcocho salen disparados de mi boca, propulsados por el oxígeno que abandona mis pulmones. Esta vez mancho su camisa. Varios puñetazos más me dejan tirado en el suelo, boqueando en busca de aire.

Mis resuellos no me impiden escuchar a mi padre cerrar la puerta de un portazo, y luego, el pasador de la cerradura cerrarse con doble vuelta. También escucho la risita satisfecha de mi hermano, acompañada de un “Debiste de hacerme caso”. Y también otro sonido, más tenue. El del acero inoxidable de un cubierto rozando el fondo de un plato: mi madre, finalizando su cena, ajena a todo.

Mónica. Nunca antes me había pasado que pudiera percibir el sabor de un nombre. Mónica. Lo paladeé cuando me lo dijo. Un nombre que se desliza en mi boca con la suavidad de un mousse muy ligero. Su sabor es sutil pero pertinaz.

Mónica. Un nombre que evoca piel de alabastro y cabello recién lavado. Una muñeca de porcelana, frágil y hermosa.

Su piel es pálida como la nieve, eso es cierto, y su cabello, negro como una noche sin luna ni estrellas, es suave y tiene un olor agradable. Pero la Mónica con la que me encuentro esta noche es lo más opuesto que pueda haber a la fragilidad.

Me dirijo hacia el garaje, mi único refugio posible para pasar la noche, caminando paralelo al muro que rodea esto que llamo hogar, cuando noto que algo roza mi brazo. Mi sorpresa es indescriptible cuando veo, perfilado por la luna, que se trata de un pie. Se balancea levemente, con naturalidad, como si aquel fuese su lugar. Alzo la vista. Una figura solitaria recortada sobre el fulgor plateado de la noche. Su rostro níveo velado por las sombras, su media melena desordenada, tan negra que parece pintada, el brillo de sus ojos oscuros que me atraviesan como lanzas de hielo. Me mira desde aquella altura con la majestuosidad de una reina pese a su desgarbada pose, y me siento pequeño y vulnerable. Hay algo inquietante en aquellos ojos. Algo que no puedo descifrar.

Entonces me sonríe. Una media sonrisa extrañamente amable en aquel rostro anguloso de facciones duras, no exentas de feminidad. Y creo que es a partir de este momento cuando los latidos de mi corazón cambian su ritmo de un modo sutil pero perfectamente perceptible. Así es. Ahora laten por ella.

Se baja del muro con soltura, plantándose ante mí con su estatura que me sobrepasa en, al menos, veinte centímetros. Me siento un pigmeo con mi escaso metro setenta. Se ve que es fuerte, pero hay algo más que hace su presencia más tangible. Algo indefinible, pero que me pone la piel de gallina.

Sólo una palabra describe lo que siento: fascinación.

Es entonces cuando se presenta y me invita a sentarme con ella en la hierba fresca y descuidada. Me ha estado observando. Ha visto lo que me hizo mi padre. Me ha visto comer solo, como un perro. Sus dedos rozan mi cara. Son fríos y suaves. Se asegura de que capta toda mi atención. Me dice:

–Pero existe una salvación para ti. Yo te ayudaré a enterrar tu miedo y tu dolor.

Y es tal la convicción de su voz que defendería con mi vida la verdad de sus palabras.

Entonces me cuenta una historia.

El relato me pone en la piel de una niña de seis años. La niña vive sola con su madre y nunca había tenido motivo de preocupación. Su existencia transcurre dentro de la rutina habitual de una niña de su edad, salvo porque no sabe quién es su padre. Pero esta cuestión tampoco la preocupa.

Sin embargo, un día todo cambia. Aquella tarde su madre la recoge a la salida del colegio, como siempre. Pero su madre está diferente hoy. No responde a las novedades infantiles de su hija. Está silenciosa, sombría y extrañamente inexpresiva. Su mirada es un completo vacío, una ausencia absoluta. Podría ser la mirada de un cadáver. La niña está preocupada. Ve que su madre no conduce hacia casa; de hecho, va en dirección opuesta. Ahora la niña está asustada. Muy asustada.

Llegan a otra ciudad. Ha sido un viaje algo largo, pero, al fin, su madre parece haber llegado a su destino. Aparca. Mira al otro lado de la calle. Su hija bien podría ser invisible. La pequeña no osa pronunciar palabra.

Pasan diez minutos; veinte; cuarenta… Entonces, la niña percibe el cambio en la respiración de su madre. Sus ojos se abren desmesuradamente. La niña mira en la misma dirección. Hay varias personas al otro lado, paseando por la acera, llevando vidas normales, pero no tarda en darse cuenta de que quien atrae la atención de su madre tan intensamente es una pareja. Un hombre alto y una mujer embarazada. La niña no los había visto jamás, pero su madre les sigue con la mirada, sus ojos unidos a la pareja por cables invisibles.

Transcurren unos pocos segundos antes de que la pareja detenga un taxi, suban y se alejen hasta desaparecer. Por un momento, la niña teme que su madre inicie una persecución, pero la mujer se limita a poner el coche en marcha y emprender el camino de vuelta a casa, que se desarrolla tan silenciosa como la ida.

Ya en casa, la niña suspira aliviada. Ahora que se encuentra en terreno familiar, no le cabe duda de que todo volverá a la normalidad. No sabe aún cuán equivocada está, pero pronto lo descubre.

Su madre irrumpe en su dormitorio. La expresión vacua de sus ojos continúa ahí, más aterradora que nunca. En una mano sostiene el extremo de un cinturón; en el otro extremo, la hebilla se balancea, amenazadora. La niña no comprende, pero intuye que algo va muy mal. Entonces comienza el castigo. La dura hebilla del cinturón la golpea una y otra vez, implacable. La niña grita y llora, pero nada afecta a la roca que ha suplantado el corazón de su madre.

Algún tiempo después, comprende. Aquel hombre que acompañaba a la mujer embarazada era su padre. Él había abandonado a su madre y, por algún motivo, ella culpaba a su hija. Nunca se lo dijo con esas palabras, ni con otras. El rostro del castigo era silencioso, vacío de emoción y expeditivo como la muerte.

Me quedo mudo. Aunque Mónica lo ha narrado en tercera persona, no dudo de que la niña de la historia es ella misma. Siento la obligación de decir algo, pero nada sale de mi boca. Y por lo visto, Mónica tampoco espera ningún consuelo. Se mantiene calmada y serena. En realidad, soy yo quien está al borde de las lágrimas.

–Suéltalo –dice–. Hazme partícipe de tu dolor.

Y obedezco como si llevara toda la vida esperando su llegada para vaciar mi alma sobrecargada de lágrimas. Balbuceo más que hablar, y dudo de que entienda la mitad de lo que digo. Sólo que sí me entiende. Ella ve más allá de mis palabras, como si nuestras almas estuviesen interconectadas de alguna manera. Enumero una veintena de palizas ejercidas por mi padre; decenas de humillaciones a manos de mi hermano. Y siempre presente, la absoluta indiferencia de mi madre.

–Me odian –sollozo–. Siempre ha sido así. Sé que me odian, pero no entiendo el motivo.

–El motivo es que sólo saben hacer daño. Te tienen dominado. Te ven débil y vulnerable y no pueden resistir la tentación de aprovecharse de ello. –Mónica me taladra con sus ojos negros, oscuros en más de un sentido, y de nuevo despiertan en mí inquietud y fascinación a partes iguales–. Pero puedo mostrarte una solución.

Se pone en pie y me tiende una mano. Sus dedos son largos, y su tacto, frío y suave. Una parte de mí teme que mi padre averigüe esta fuga; no obstante, voy con ella.

Saltamos el muro; luego, me conduce hacia la zona boscosa del otro lado de la carretera. Caminar por el bosque de noche es muy diferente a hacerlo por el día. Es como estar en una realidad paralela, más hipnótica, más sujeta a la imaginación y menos a las leyes preponderantes. Y guiado por aquella misteriosa mujer que tan fácil penetra en mi alma, me siento como en un sueño. Y no deseo despertar.

Llegamos hasta un coche pequeño, semioculto por pinos y arbustos. Mónica coge una linterna del maletero. Continuamos caminando sin pronunciar palabra. Ascendemos hacia la cima de la pequeña colina que puedo ver desde el porche de mi casa. Esquivamos troncos, piedras, arbustos, zarzas, precedidos por el cono pálido de la linterna. Con la silueta de su espalda ante mis ojos y la brisa llevándome su olor envuelto en pino y savia, tan sólo el sonido de nuestros pies aplastando tierra, hierba y aguja de pino seca, supe que conservaría este momento en aquella poco frecuentada zona de mi corazón destinada a mis tesoros personales.

Entonces llegamos al lugar que Mónica desea mostrarme. Al principio no lo veo. Pero ella no dice nada y, finalmente, sigo la luz de la linterna. Distingo un montículo de tierra húmeda, coronada por una pala clavada en ella, medio inclinada. Y más allá, una negrura sobrecogedora horadando el suelo.

Mónica se acerca al agujero e ilumina su interior. Titubeo antes de asomarme.

Es una fosa de unos dos metros de profundidad. Más o menos lo mismo de largo y la mitad de ancho. La linterna ahuyenta la oscuridad de su interior, y me revela otro tipo de oscuridad.

Hay algo envuelto en una manta a rayas verdes y marrones. No necesito grandes dosis de imaginación para saber qué es. Ni grandes dotes de deducción para saber quién.

–Sí –dice Mónica, leyéndome el pensamiento–. La madre de la niña. Mi madre.

Sudores fríos recorren mi cuerpo.

–Éste es el modo –su voz, una música oscura y magnética para mis oídos–. El único modo de vencer al dolor, al miedo y al odio. Tienes que acabar con ellos. Y enterrarlos. Sólo así podrás asegurarte de que no volverán a acosarte. La cuestión ahora es: ¿estás dispuesto a hacerlo?

Mi cerebro es una batalla campal entre el miedo y las dudas, la cordura y el deseo.

Y, finalmente, hago la pregunta crucial:

–¿Estarás conmigo?

Una sonrisa plagada de sombras. El brillo de sus ojos negros, titilante, acogedor y distante.

–Hasta el fin –responde.

Esta vez soy yo quien tiende la mano. Ella la encierra entre sus dedos suaves y fríos con firmeza.

Aunque mi padre haya cerrado la puerta con llave, alguien que conozca la casa como yo sabe cómo entrar. Supongo que en todas las casas es igual.

Mónica y yo nos dirigimos a la parte posterior. Nos acercamos a la ventana del cuarto de baño. Parece cerrada, pero no lo está. Hace meses que las ranuras que sujetan el cierre de la ventana no realizan su función. La abro de par en par. Entramos. Silenciosos. Dos sombras. Nos descalzamos para que nuestras pisadas sean mudas. Ella pone algo en mi mano. El cuchillo que cogimos en nuestro segundo paso por el coche. No fue lo único. Mónica empuña un revólver. La débil luz de la luna que llega hasta aquí le arranca suaves reflejos metálicos.

El cuchillo tiembla en mi mano. Tengo miedo. Me gustaría hablar de nuevo sobre esto, pero todo está hablado. Incluso el orden que debemos seguir. Primero, mi hermano.

Avanzamos. Noto el peso de su mano en mi hombro derecho. Me infunde ánimos al tiempo que la guío en la oscuridad. También evita que me desvíe, que cambie la elección.

Con sumo cuidado, giro el pomo del dormitorio. Al entrar, la oscuridad se espesa. Las ranuras de la persiana filtran la suficiente luminosidad para permitirme ver su silueta. Oigo su respiración, profunda y regular. Una respiración que pronto interrumpiré para siempre.

“Tienes que degollarlo –había dicho Mónica–. Así no podrá gritar. Lo sujetas con una mano por la frente y le cortas el cuello, sin dudar. Si dudas, todo habrá acabado para ti.”

Los latidos frenéticos de mi corazón palpitan en mi cráneo. Me ensordecen. Me obligan a jadear. Mi mano izquierda, recubierta de sudor frío, busca la cabeza de mi hermano. Rozo el pelo de su sien. Tiene la cabeza ladeada, pero no mucho. Dejo la mano sobre su frente, en suspenso.

Recuerdo: mi padre organizando peleas entre mi hermano y yo. Somos niños hambrientos de aprobación. Mi hermano siempre gana, él siempre es el campeón, y mi humillación es su medalla. Pero un día eso cambió. Un día yo gané y él terminó llorando. Esperé el premio. Sólo recibí duros golpes de mi padre y el frío desprecio de mi madre. Mi papel era el de perdedor. No tenía derecho a rebelarme contra eso.

Algo gélido y oscuro, algo que, de alguna manera, asocio con la mirada de Mónica (cuya mano, muy suave, continúa en mi hombro), recubre mi corazón de hielo. Placas y placas de hielo, congelando las emociones, el miedo, las dudas.

Mis dedos se convierten en un cepo que aprisiona la frente de mi hermano, presionándola contra la almohada. Se despierta con un gemido, con el inicio de una expresión sobresaltada, que se convierte en un gorgoteo cuando el cuchillo –con una hoja de diez centímetros– penetra la carne de su cuello con pasmosa facilidad. Pero no es suficiente. Se resiste con desesperación y el miedo a que mis padres lo oigan me obliga a ser expeditivo y brutal. Y disfruto. Siento una risa casi incontenible florecer en mi pecho. Pero no; todavía no.

Cuando termino, mis manos están pringosas de sangre. Sangre de mi sangre.

Mónica me susurra al oído, provocándome un cosquilleo agradable:

–Ya has cruzado la línea. Estamos juntos, por completo.

Y eso me hace sonreír. Me hace feliz. Ya no tengo miedo. De hecho, ansío continuar.

Y entramos en el dormitorio de mis padres. Mi padre a la izquierda; mi madre, a la derecha. Como siempre.

Esta vez empuño el revólver. Más pesado de lo que parece, pero me gusta. Me hace sentir mejor, más grande y fuerte.

Me acerco al lado de mi madre. Apunto. Aprieto el gatillo. Adiós, mamá. Adiós a tu indiferencia, a tu desprecio, a tu desinterés por mí. Encuéntrate con el que considerabas tu único hijo en el otro mundo.

Los ronquidos de mi padre llegan a su fin. Empiezan los gruñidos desconcertados. El somier cruje.

Enciendo la luz. La súbita iluminación nos deja medio ciegos a los tres. Pero Mónica ya tiene la punta del cuchillo ensangrentado en su cuello y yo apunto al bulto de su cuerpo, que es todo lo que puedo ver por ahora.

Si de mí dependiera, mi padre habría muerto el primero, ya que lo consideraba el más peligroso. Pero Mónica no quiso. Es más, tuve que prometerle que esperaría su señal. Pronto entendería el porqué.

Mónica saca algo del bolsillo trasero de su pantalón vaquero y lo pone frente al rostro aturdido de mi padre, que todavía no se ha fijado en mí.

Lo que sostiene Mónica es la foto de una mujer. Mira con expresión adusta hacia la cámara. Su pelo es negro como una noche sin luna ni estrellas.

–¿La recuerdas? –le pregunta ella en un tono áspero, como si su garganta fuese de cuero.

Y veo en los ojos de mi padre que sí la recuerda.

Y entonces, comprendo. La verdad cae sobre mí como una lápida de cien toneladas.

–¿Quién… eres? –balbucea mi padre.

–Tu hija –responde Mónica, y me mira de soslayo–. Ahora.

Mi padre me ve por primera vez y su sorpresa alcanza niveles de hipérbole.

Vacío las cinco balas del tambor del revólver sobre su cuerpo. La muerte no le arrebata la expresión de asombro. Sigue allí, acusadora.

–Así que éste es el hombre que abandonó a tu madre –musito.

Mónica se endereza, devolviendo la foto a su bolsillo. Me mira con unos ojos carentes de brillo y emoción. Una expresión vacua, casi inhumana. Como la madre de la niña antes del castigo.

No dice nada. Tampoco hace falta. Acababa de ejecutar al padre de Mónica, responsable del odio que su madre le profesaba. La mujer embarazada con la que la había traicionado yacía ahora con una bala en la cabeza, y la pegajosa sangre que cubría mis manos era de aquel hijo nonato. En ningún momento se había tratado de mí. Yo sólo había sido la herramienta.

Más de dos horas después, nos encontramos de nuevo junto a la fosa destinada a desterrar al olvido nuestros miedos y odios. Al menos, los de uno de los dos. Tres cuerpos más hacen compañía al fardo que era la madre de Mónica.

Estamos jadeantes y sudorosos después de haber llevado los cuerpos hasta allí, tras haberlos transportado en el coche hasta el punto más cercano posible a la colina. Un duro trabajo que debía ser recompensado con una sensación de alivio. El miedo ya no debería existir. Y así es. El miedo ya no está. En su lugar hay un vacío más abismal y profundo que cualquier fosa.

Eso, y algo más.

–Pensabas matarlos de todos modos –digo.

Mónica, una sombra alta y ominosa a mi lado, no responde. No ha dicho ni una sola palabra desde la muerte de mi padre. Nuestro padre.

–Me utilizaste. –Siento un nudo en la garganta–. Todo era mentira. Tu ayuda, tus promesas…

Entonces, Mónica me abraza, pegando su pálida y fría mejilla a la mía, que está húmeda por las lágrimas.

–¿Cuál fue mi promesa? –me pregunta.

–Me prometiste que estaríamos juntos hasta el final.

–Te prometí que estaría contigo hasta el final –matiza ella–. Y cumpliré mi palabra.

Comprendo el horrible significado de sus palabras. La luz de la luna, tamizada por las ramas de los árboles, aparece fragmentada y brumosa con la aparición de nuevas lágrimas.

–Pero… –sollozo.

Me hace callar con un dedo en mis labios. Pega los suyos en mi frente, y los mantiene allí, suavemente presionados. Siento el cañón del revólver contra mi pecho, casi una caricia.

–Esto es necesario –me susurra–. Debo enterrar mi pasado. No podría mirarte sin verle a él.

Así que éste es mi final. Y, tal como me prometió, lo alcanzo en su compañía. Entonces, ¿por qué me siento tan solo? ¿Tan abandonado?

Quiero decir algo, pero el nudo en mi garganta ahoga mis palabras. Entonces hago el último gesto capaz de resumir mis sentimientos. La abrazo, rodeando su espalda con ambos brazos. Siento sus músculos tensos bajo la tela del delgado suéter. Aspiro su olor y trato de retenerlo, en vano, cuando la bala me atraviesa. Me llevo su imagen cada vez más lejana, su figura convertida en una sombra recortada sobre el tamiz de luz pálida, mientras caigo al fondo de la fosa, con los restos de su dolor, su miedo y su odio.

Ya eres libre.



lunes 29 de junio de 2009

FRUTA PODRIDA




Hugo había dicho que llegaría para la hora de la cena, pero sus padres no se sorprendieron cuando dieron las diez y su hijo no apareció. No era nada extraño que se retrasase media o una hora cuando salía con sus amigos. Ya tenía dieciséis años, y además, los fines de semana tenía permiso para llegar bastante más tarde, aunque ese día era miércoles.

–Seguramente tendrá otra novia –dijo Rocío con una leve sonrisa–. Ya sabes que está hecho todo un Don Juan.

–Seguramente –concedió Rafael, machacando un cigarro en el cenicero–. De todos modos, preferiría que avisase si ve que va a llegar tarde.

–Ya sabes cómo es esta edad. Querer controlar demasiado a un adolescente es amargarse la vida. Mejor implantar unas normas flexibles. Da mejores resultados.

Rocío, la psicóloga. Rafael sonrió. Sabía que su esposa no era consciente de cuándo se llevaba el trabajo a casa, pero eso no le molestaba. En realidad, despertaba un cálido afecto en él.

–Ya lo sé –dijo–, pero no puedo evitar preocuparme. Pasan tantas cosas…

–Pero todavía no han pasado, así que no nos atormentemos innecesariamente.

Los padres de Hugo se enorgullecían de ser unos padres comprensivos y unos buenos educadores. Los resultados saltaban a la vista. Su hijo era un joven excelente: buen estudiante, deportista, carismático y atractivo.

Los padres de Hugo también se enorgullecían de ser un matrimonio sólido. Casi veinte años viviendo bajo el mismo techo y nunca habían tenido una discusión seria. Sabían que muchos otros matrimonios ocultaban turbios problemas bajo una apariencia de normalidad, pero ellos no eran así. Estaban convencidos de que este hecho también había influido positivamente en el desarrollo de Hugo.

Por desgracia, esa noche aquel noble orgullo no tardaría en resquebrajarse como cristal bajo una temperatura extrema.

Rafael y Rocío le concedieron diez minutos más a su hijo y, en vista de que no llegaba, empezaron la cena sin él.

Media hora más tarde, empezó a sonar el teléfono.

–Ahí está, acaba de recordar que tiene unos padres esperando por él –bromeó Rocío.

–Un poco tarde –comentó Rafael, levantándose para dirigirse al pasillo, donde estaba el teléfono. Le habría gustado sermonear duramente a su hijo, pero sabía que no beneficiaba a nadie mostrarse irascible. Una vez más, tendría que razonar con él y hacerle entender que, aunque a él le pareciese un engorro, debía ser consciente de la preocupación de sus padres.

Descolgó.

–¿Diga? –preguntó, esperando oír la voz de su hijo disculpándose.

–¿Es el señor Rafael Méndez? –contestó una voz formal y seria, desde luego, no la de Hugo.

–Sí. –Rafael sintió una garra de hielo aprisionando su corazón.

–Le llamo desde la Jefatura de la Policía. Su hijo, Hugo Méndez, se ha visto envuelto en un… un problema.

–¿Un problema? –restalló Rafael–. ¿Qué clase de problema? ¿Mi hijo está bien?

Rocío se acercó al pasillo con semblante preocupado.

–¿Le ha pasado algo a Hugo? –preguntó. Su faceta de psicóloga se había hecho añicos.

–Su hijo está bien –dijo el policía–. Pero podría estar metido en problemas. Lo mejor sería que usted viniera aquí, así le podríamos explicar mejor los detalles.

–Pero… no entiendo –dijo Rafael, confuso–. Entonces, ¿no se trata de un accidente?

–No, señor. Al menos, parece que no.

–¿Cómo que parece que no? ¿Quiere hablar claro de una maldita vez?

–Señor –el policía suspiró, impaciente–, su hijo podría estar involucrado en un asesinato.

La víctima era un indigente de cuarenta y ocho años. Era habitual verlo rondando por el parque que había frente al instituto, pidiendo limosna o durmiendo sobre algún banco en estado de embriaguez. Esto último era lo que estaba haciendo cuando tres adolescentes le atacaron.

Le estrellaron una botella de cerveza vacía en la cabeza. Luego, comenzaron a patearlo como locos mientras reían, ebrios de violencia. El hombre no tuvo oportunidad de defenderse. Cinco costillas rotas, mandíbula rota, dientes destrozados, los huesos de las manos hechos añicos, un ojo fuera de su órbita, fracturas craneales, diversos órganos internos seriamente dañados…

Una pareja que paseaba por el parque lo presenció todo. Por supuesto, no osaron intervenir, pero llamaron a la policía mientras sucedían los hechos. El sonido de las sirenas espantó al trío, que echó a correr del lugar. No llegaron muy lejos, a pesar de que se habían separado, máxime teniendo en cuenta que el primer capturado no tardó en delatar a sus dos amigos. Hugo fue el segundo en ser detenido.

El indigente continuaba vivo, aunque inconsciente, cuando llegó la ambulancia. No aguantó el trayecto hasta el hospital.

Allí, sentado en la silla de su celda, con la preocupación y la incertidumbre en sus ojos, la mandíbula tensa y los dedos inquietos, a Rafael su hijo le pareció más que nunca un niño esperando a sufrir las consecuencias de una travesura que se hubiera escapado de sus manos. Nunca había sido un chico problemático. Al menos, no hasta ahora.

–Les dije que parasen –fue lo primero que soltó cuando les vio aparecer.

Rocío lo colmó de atenciones, como si la víctima de la paliza hubiera sido él. Rafael, en cambio, se mantuvo distante, tenso, y también confuso. Era como si todo lo que había dado por sentado la mayor parte de su vida, el orden que creía una parte inherente a su existencia, hubiese sido sacudido por un vendaval.

–Yo no tuve la culpa –sollozaba Hugo en brazos de su madre–. Fueron ellos. Juan dijo que el mendigo había molestado a su novia el otro día y que le iba a dar un susto. –Hablaba rápido, las palabras atropellándose unas a otras en sus prisas por salir al exterior–. Entonces cogió la botella y le dio en la cabeza, y empezaron a darle patadas como locos. Les dije que parasen, pero no me hicieron ningún caso.

–Tranquilo, cariño –le consolaba su madre–. Todo va a salir bien. Sé que eres un buen chico.

¿Lo era? ¿Era un buen chico? La pregunta sorprendió a Rafael. ¿Es que no confiaba en su propio hijo? Apenas media hora antes habría apostado su vida a que Hugo era incapaz de hacer daño a nadie, y tendría la seguridad de ganar. ¿Por qué no creía en las palabras de su hijo?

Veía a Rocío abrazando al niño que habían traído al mundo, que se deshacía en lágrimas, y se avergonzaba de su suspicacia. Era su hijo. Su sangre. Lo habían sabido guiar por el buen camino. Había tenido mala suerte, nada más.

Se acercó a su mujer y a su hijo, y los abarcó a ambos con sus brazos en ademán protector.

–Lo siento, papá –sollozó Hugo, entre sorbidos de nariz.

–Tranquilo, hijo. Sé que eres inocente.

Rafael deseó con todas sus fuerzas creer en sus propias palabras.

Las declaraciones de Juan y Mateo no dejaron en buen lugar a Hugo. Parecían confabulados contra él. Ambos insistieron en que Hugo había sido el instigador de la paliza. Les había llevado hasta la víctima, insistiendo en que el mendigo se merecía un buen susto por haber estado molestando a la novia de Juan con sus comentarios soeces. Según los dos, las palabras textuales de Hugo fueron: “Está contaminando nuestro parque, así que vamos a quitarle las ganas de seguir por aquí.”

Cuando Hugo estrelló la botella de cerveza (que él había consumido, una sorpresa menor para sus padres) en la cabeza del indigente y luego se puso a darle patadas con una brutalidad asombrosa, todo se descontroló. Juan y Mateo se mostraron avergonzados y cabizbajos cuando admitieron haber participado en la paliza, contagiados por la violencia de Hugo.

–¡Está claro que mienten! –se indignó Rocío, echando chispas–. ¡Se ponen a sí mismos como si fuesen la santidad personificada! ¡Golfos!

Rafael ignoró las miradas furiosas de los familiares de los dos chicos. También se abstuvo de preguntarle a su esposa por qué estaba tan claro que mentían, aunque coincidía en que los amigos de Hugo (aunque tal amistad había muerto ese día) exageraban su papel de víctimas de las circunstancias.

Pero Hugo no les fue a la zaga.

Juan llevaba días furioso porque el mendigo había insultado a su novia, explicó. Juan quería darle una lección. Mateo lo incitaba a entrar a la acción. Hugo trataba de calmar los ánimos. Llegó la noche fatal. Hugo casi les suplicó que parasen, cosa que no sirvió de nada, como todos sabían.

La pareja que había llamado a la policía dejó muy claro que habían visto a los tres chicos pateando al pobre hombre. Hugo se justificó culpando a la presión que sus dos amigos ejercían sobre él, siempre cuestionando su lealtad hacia ellos. La estupefacción en las caras de Juan y Mateo casi fue cómica. Hugo no convenció a nadie con semejante argumento. A nadie salvo a su madre.

En el caso de que se tratasen de mayores de edad, quién había sido el instigador habría tenido una mayor importancia, pero en este caso al juez le bastaba con estar seguro de que los tres habían participado en la brutal paliza. Así pues, irían a un correccional de menores hasta cumplir la mayoría de edad. Eso eran casi dos años por delante.

Los tres adolescentes se quedaron consternados. Lágrimas y silencios sombríos se repartieron por igual entre los familiares. Rocío fue de las que lloró. Rafael, de los que se quedaron replegados en un lóbrego mutismo. Sentía dolor por su hijo, y también otra cosa que no tardó en identificar. Era decepción.

Esa noche, en la cama, sintiendo el peso de la penumbra sobre él, Rafael desenterró un recuerdo lejano. Un sórdido episodio ocurrido durante su época de estudiante en el instituto, cuando tenía quince años, un año menos que su hijo en esos momentos.

Una chica había irrumpido en mitad de la clase. Tenía medio rostro amoratado e hinchado, como si se lo hubiesen estrellado contra una pared una y otra vez. Las ropas desgarradas. Los ojos inflados, negros, con apenas dos rendijas que le permitían atisbar lo que tenía delante. Se trataba de Susana, una compañera de clase. El profesor fue hacia ella y le preguntó qué le había ocurrido. Susana señaló a Roberto, un chico popular en la clase: carismático, buen jugador de fútbol y habitual ganador en las peleas.

Mientras Susana le acusaba entre terribles llantos (Rafael recordó que se había estremecido al escucharlos, y tardó años en enterrarlos en lo más profundo de su mente) de haberla violado, Roberto se limitó a sonreír y a quitarle importancias a los “delirios de esta tarada”. No obstante, cuando el profesor llamó al director y empezó a sentirse presionado, comenzó a ponerse nervioso. Rafael ya no recordaba qué justificaciones había dicho, pero sí recordaba el ritmo rápido de sus palabras atropelladas, el miedo y la incertidumbre en sus ojos, la tensión en todo su cuerpo, sus lágrimas desesperadas…

Allí estaba el motivo por el que Rafael era incapaz de creer a su hijo. Inconscientemente, Hugo le había recordado a Roberto. No tardó en demostrarse que, efectivamente, Susana había sido violada por aquel cerdo. Por lo visto, el motivo había sido una pelea con el novio de ella. Una de las pocas peleas que Roberto había perdido. Roberto no había sido consciente de la gravedad de su crimen hasta que se vio entre la espada y la pared, y lo primero que sintió fue miedo por sí mismo, no arrepentimiento. A Rafael le costaba no ver las semejanzas entre aquel caso y el de su hijo.

Rocío siempre había sido una mujer perspicaz, por eso a Rafael le parecía incomprensible su ceguera. Estaba completamente convencida de que su hijo había sido objeto de una conspiración. Ya no sólo culpaba a Juan y Mateo, sino también a sus familias, e incluso a la pareja que había testificado. Todos ellos eran embusteros y ladinos, todos ellos empeñados en destruir la inocencia de Hugo.

Rafael estaba harto. Al margen de quién había iniciado la paliza, su hijo era tan culpable como los otros dos. Él mismo había confesado su participación.

Empezaron las discusiones. No había hora del día en que ella no sacara a relucir el tema, ni vez en que Rafael resistiese el impulso de contradecirla.

Siete meses más tarde, se divorciaron. Fue triste para ambos, pero sobre todo, fue un alivio.

Hugo estaba hecho todo un hombre cuando obtuvo la libertad. Había adquirido algunas cicatrices, sus rasgos se habían endurecido, aparentando algunos años más de los que tenía. En general, ofrecía una imagen de madurez.

Sus padres le esperaban con los brazos abiertos. Rocío se deshizo en llantos. Parecía haber envejecido diez años, por lo menos. También Rafael dejó caer algunas lágrimas. Había echado muchísimo de menos a su hijo, y también los días en que eran una familia unida y próspera. Él también había envejecido prematuramente.

Hugo los recibió con cordiales muestras de afecto, aunque se había hecho demasiado serio para efusividades. Les prometió que nunca más les volvería a hacer sufrir. Y esta vez, Rafael le creyó. Esta vez estaba seguro de su sinceridad.

Pasaron seis años y cuatro meses.

Hugo se había independizado. Se había especializado en educación física y trabajaba como monitor en un prestigioso gimnasio. A Rafael le había decepcionado un poco el camino elegido por su hijo. Siempre había imaginado que seguiría sus pasos estudiando derecho. Pero lo importante era que se había convertido en un hombre de provecho.

Rafael apenas veía a su ex mujer y se enteraba de cómo estaba por medio de Hugo, que a su vez llevaba noticias suyas a su madre. De todos modos, desde que vivía en su propio piso, las visitas de Hugo eran más bien escasas. De cuando en cuando, era Rafael el que le visitaba a él. Procuraba no hacerlo con frecuencia, pues no quería agobiar a su hijo. Pero, desde el divorcio, la soledad había sido su compañera inseparable. Y a veces, el vacío que sentía era demasiado grande para soportarlo.

Aquella tarde era una de esas ocasiones. Era sábado. El sol descendía rumbo al crepúsculo y sus últimos rayos lo teñían todo de rojo. Rafael se encaminó hacia el edificio donde vivía Hugo. Iba a tocar el portero, pero se dio cuenta de que el portal estaba abierto, así que entró, subió los cuatro pisos en el ascensor (sus rodillas ya no eran lo que fueron en otro tiempo) y llamó al timbre del piso de Hugo.

Transcurrió tiempo suficiente como para que Rafael pensara que, después de todo, su hijo no estaba en casa, pero entonces oyó un portazo y pasos que se acercaban. Casi sintió el peso de la mirada que le escrutó a través de la mirilla. Sonrió con cierto aire de culpabilidad. Se recordó que había visto a su hijo por última vez hacía más de tres semanas.

La puerta se abrió. Hugo vestía ropa holgada y deportiva. Tenía el rostro sudoroso y el pelo algo revuelto. Parecía un poco excitado. Rafael se preguntó si le habría pillado con alguna novia. Desde que había salido del correccional, no había tenido ninguna relación estable, tan sólo parejas eventuales.

–Hola, papá. Perdona, estaba haciendo unos ejercicios. –Hugo forzó una sonrisa–. Hay que mantener la forma en mi trabajo.

Rafael ya estaba acostumbrado a sentirse como un estorbo, igual que un fumador empedernido estaba acostumbrado a tener fuertes ataques de tos cuando se levanta por la mañana.

Trató de mostrar buen humor.

–¿Qué tal, hijo? Mis amigos se han cansado de que les vacíe los bolsillos a las cartas, y como pasaba por aquí…

–Entra. Prepararé café.

Mientras Hugo ponía la cafetera al fuego, Rafael le preguntó lo que siempre le preguntaba:

–¿Cómo está tu madre?

–Bien. Ni mejor ni peor que la última vez. Ya sabes, obsesionada por que me consiga una buena mujer, me case y cree una familia feliz.

–No es tan mala idea.

–Supongo que no.

Luego, en la sala de estar, continuaron hablando de diversas banalidades. Rafael alargó el café todo lo que pudo, pero no tardó en darse cuenta de que Hugo empezaba a impacientarse. Tal vez tenía alguna cita y le estaba retrasando. Se puso en pie como preludio para marcharse. El alivio en el rostro de su hijo le dolió, pero lo disimuló con una sonrisa.

–¿Te importa que vaya antes al servicio? –le preguntó Rafael–. Me temo que el café ya ha llegado a su última parada.

–Claro –respondió Hugo con una expresión un tanto tensa. ¿Tanta prisa tenía por que le dejara solo?

Rafael se dirigió al cuarto de baño. Justo cuando cerraba la puerta tras de sí escuchó un ruido fuerte. Provenía del cuarto que quedaba justo enfrente, cuya puerta estaba cerrada.

Se asomó al pasillo. Hugo ya se dirigía al origen del ruido con diligencia.

–Sonó como algo que se ha caído –le dijo Rafael.

–Sí –contestó Hugo, al parecer algo malhumorado–. No te preocupes. Serán unos libros que tenía mal colocados.

–Ah.

Hugo se quedó parado delante de la puerta cerrada, mirando a su padre con una sonrisa claramente forzada. Rafael se sorprendió al darse cuenta de que estaba esperando a que se metiera en el cuarto de baño para abrirla. ¿Acaso había algo que no quería que viese? No lo sabía, pero no quería molestar a su hijo. Cerró la puerta y se dispuso a vaciar la vejiga.

Mientras orinaba le pareció escuchar murmullos, pero no podría decir si venían del piso de Hugo o de algún vecino, o tal vez de una televisión o una radio. Se disponía a tirar de la cisterna cuando escuchó claramente un gemido seguido inmediatamente de un golpe sordo. Extrañado, Rafael olvidó tirar de la cisterna y salió al pasillo. La puerta de enfrente estaba cerrada. Temiendo que a su hijo le hubiese ocurrido algún percance, abrió la puerta sin dudar.

Se quedó paralizado.

Hugo también.

El cuarto era una especie de estudio. Había un escritorio, una silla giratoria, un estante… La atmósfera estaba muy cargada. Olía a sudor rancio, pero sobre todo, olía a orina, y a otro olor acre que no supo identificar. La persiana estaba completamente cerrada. La única luz provenía de un flexo. Suficiente para ver lo que había que ver.

Al principio, Rafael no comprendió la escena que tenía ante sus ojos. Era algo tan inesperado, tan lejano de lo que esperaba encontrarse en su vida cotidiana, o en la de su hijo, que su cerebro lo procesó a duras penas. Le pareció que pasaban horas antes de darse cuenta al fin de qué se trataba. Pero probablemente sólo fueron tres o cuatro segundos.

Una mujer, aunque nunca habría sabido su sexo de no ser porque estaba desnuda. El rostro estaba destrozado, como si lo hubiesen machacado con un martillo durante horas. Tal vez eso no estaba tan lejos de la verdad. Incluso había secciones de su cráneo en los que el cuero cabelludo había sido arrancado de cuajo. Su boca, una masa sanguinolenta en los que asomaban astillas de dientes. Sus ojos, invisibles bajo hinchazones sangrantes. Sus brazos y piernas estaban amarrados a conciencia, tanto que atravesaban la piel. Era un espectáculo dantesco.

Hugo se encontraba con una rodilla en el suelo junto a la mujer vejada. Miraba a su padre por encima del hombro, con una expresión de absoluta sorpresa. Su puño en alto no dejaba lugar a dudas sobre lo que se proponía hacer.

Rafael intentó hablar. No lo salieron las palabras. Probó de nuevo. Brotó un graznido.

Hugo tuvo mejores reflejos. Después de todo, era un deportista. Se levantó como un rayo, empujó a su padre al pasillo y cerró la puerta. Jadeaba como si hubiese realizado un ejercicio especialmente duro.

–¿Quién… quién es esa mujer? –A Rafael por fin le habían salido las palabras. Pero era incapaz de coordinar sus pensamientos con claridad. Estaba conmocionado.

–Olvídala –masculló Hugo con voz ronca por la tensión–. Olvida lo que has visto. No has visto nada.

–¿Cómo que no he visto nada? ¡Claro que lo he visto! ¡Tienes a una mujer torturada ahí!

–¡Cállate! –Hugo le empujó hasta la sala, le obligó a sentarse en el sofá, le señaló amenazadoramente con el dedo–. ¡No has visto nada! ¡Nada! ¡Se te va la olla, joder!

Rafael meneó la cabeza, aturdido. De pronto, se sentía muy cansado. Agotado. Anciano.

–Entonces es así como eres –dijo, casi como si hablase consigo mismo–. Aquella vez, realmente fuiste tú el que lo empezó todo.

Hugo se quedó confuso, hasta que se dio cuenta de que su padre se refería a la paliza que él y sus dos antiguos amigos le habían dado al indigente del parque. La furia iluminó sus pupilas.

–Tú nunca dudaste, ¿verdad? –le espetó a Rafael–. Nunca creíste que fuera inocente. Intentabas disimular, pero yo me daba cuenta. Me veías como culpable.

–Sabía que mentías. Ya había conocido a alguien como tú.

–¡No me hables como si fuese un monstruo de feria! ¡Mamá creía en mí, pero tú no! Eso es lo que importa.

–¿Por qué, Hugo? Eso es lo que me he preguntado un millón de veces desde entonces. ¿Por qué? Te lo dimos todo. Cariño, una educación basada en la comprensión. Jamás te hicimos daño alguno. ¿De dónde sale tu odio?

Hugo mostró una sonrisa que era todo dientes.

–Porque me aburría.

Rafael le miró, incrédulo.

–Sí, me aburría –dijo Hugo, y casi parecía sentirse liberado al poder hablar de ello–. Esa vida de pijo perfecta. La elegancia, el elitismo. Me tenía hasta los cojones. Nada de lo que hacía me ofrecía ningún tipo de estímulo. Nada salvo una cosa. Una vez me encontré con un gato, caminando precisamente por el parque. No había nadie por allí en ese momento. Era algo tarde y yo volvía a casa. El gato me bufó y le di una patada. Fue una patada más fuerte de lo que pretendía, porque el bicho se quedó medio atontado. Supongo que otro habría sentido lástima, pero yo sentí algo muy distinto. Algo que jamás había sentido antes. Era como… como una corriente eléctrica, casi algo sexual. –Las facciones de Hugo adquirieron una expresión evocadora. Disfrutaba de aquel recuerdo como un adolescente podría recordar sus inicios en el sexo–. Destrocé al pobre gato. Le saqué las tripas por la boca. Me asusté un poco después de eso. Sabía lo que pensaríais de mí mamá y tú. Te juro que intenté controlarme, ser normal, hacer como si no hubiera pasado nada, pero fue inútil. No me pude resistir.

Rafael no daba crédito a lo que oía. ¿Era aquel el niño al que había visto crecer y que sólo le había inspirado amor y orgullo, incluso después de lo ocurrido con el indigente? ¿Realmente aquel… aquel monstruo había nacido de su semilla en las entrañas de la única mujer a la que había amado? ¿Realmente el destino era así de cruel?

–Le partirás el corazón a tu madre –dijo.

–No, porque nunca lo sabrá. No vas a decir nada, papá.

–Estás enfermo. Necesitas ayuda.

–¿Ayuda? Lo único que me ofreces es una vida entre rejas.

–¡Es lo que mereces! –estalló Rafael–. ¡Tienes a una mujer torturada en tu casa! ¿Crees que alguien como tú merece la libertad?

Hubo un cambio sutil en la expresión de Hugo. Una relajación de sus rasgos.

–¿Sabes quién es? –preguntó.

–¿Qué?

–La mujer. ¿Sabes quién es? No, claro que no. Ahora está un poco cambiada. –La risita que emitió hizo que Rafael sintiera náuseas. Hugo continuó–: ¿Recuerdas a la pareja que testificó contra mí? Me temo que el marido se va a sentir muy solo de ahora en adelante.

Rafael no pudo soportarlo más. Se lanzó con las manos por delante hacia su hijo. Lo odiaba porque era una bestia sanguinaria. Lo odiaba porque sabía que jamás cambiaría. Pero por encima de todo, lo odiaba porque era su hijo.

Su ataque no sirvió de nada. Hugo se lo quitó de encima con facilidad. Tras una breve serie de puñetazos y rodillazos, Rafael acabó en el suelo boqueando en busca de oxígeno.

–Ojalá nunca hubieras visto nada –dijo Hugo.

Fueron las últimas palabras que oyó Rafael.

jueves 12 de febrero de 2009

EL INTRUSO


Casi desde la primera semana de curso, Iván percibió que había algo en la profesora de lengua española, doña Isabel Méndez, que le atraía con fuerza. Y no es que fuese una belleza deslumbrante, aunque tampoco fea. Sencillamente, era una mujer normal. No llegaba al metro sesenta, el cabello cortado a media melena, castaño y liso; los ojos, pequeños y azules, daban la sensación de echar en falta unas gafas; unos pocos kilos de más que parecían acumularse en las caderas, anchas y no faltas de cierto atractivo; piel pálida y tersa, manos delicadas, pecho poco abundante. Una mujer normal.

Pero el hecho era que cada vez que entraba en el aula a Iván se le aceleraba el corazón, su mirada se quedaba prendada de pequeños detalles de su anatomía: el sol que entraba por la ventana dorando su cabello, los labios brillantes por un carmín muy suave, la tela del pantalón estirada en las pronunciadas caderas… Fantaseaba con que veía en él algo especial, algo diferente. ¿Pero qué podía ver? Un adolescente de quince años tímido y sin amigos, de escaso atractivo físico. Un estudiante mediocre que ni siquiera superaba el simple aprobado en la asignatura de la profesora que sembraba suspiros en su corazón. He aquí a Iván, el tipo menos especial sobre la faz de la tierra. ¿Qué interés podía despertar en una mujer que le llevaba al menos diez años? Por su salud mental, lo mejor era que asumiera que una relación con ella no pasaba de ser mera fantasía.

Pero entonces empezaron los sueños. La profesora Isabel dándole cálidas muestras de afecto, y la sensación de sus abrazos y besos acompañándole el resto del día. Comenzó a seguirla durante los recreos. Agradeció no tener amigos que le dificultaran la tarea. De todos modos, el seguimiento no duraba mucho. La profesora se iba con otros compañeros de trabajo a una cafetería cercana y allí se quedaban hasta cinco minutos antes de que finalizase el recreo. Por supuesto, Iván no entraba allí. Habría sido demasiado obvio.

Se acercaba el final del curso y la fijación de Iván por la profesora Isabel no hacía más que aumentar. Era consciente de que lo suyo rozaba la obsesión. Pero nada podía hacer para remediarlo, salvo esperar que, una vez finalizado el curso, aquel amor contumaz remitiese.

Entonces sucedió algo. Tan sólo faltaban dos semanas para el final del curso. Era martes, y los martes la clase de lengua era justo antes del recreo. Sonó el timbre y la profesora salió –seguida por los ávidos ojos de Iván– entre la marabunta de alumnos. Iván también se disponía a salir cuando se fijó. El bolso de la profesora colgaba del respaldo de la silla. Lo había olvidado. No recordaba que le hubiese sucedido antes. Sin saber muy bien porqué, Iván ralentizó sus movimientos, fingiendo que buscaba algo en su mochila mientras el aula terminaba de vaciarse. Finalmente, se quedó solo.

Con el corazón latiéndole de tal forma que parecía que le iba a reventar en cualquier momento, Iván fue hasta la mesa de profesor, la rodeó y, con la vista clavada en la puerta abierta del aula, esperando ver aparecer a Doña Isabel con la sorpresa y la indignación en sus ojos, y la acusación y el castigo en su boca (que él mataría por besar), abrió el bolso y metió la mano. No supo qué buscaba hasta que lo encontró. Tal vez ni siquiera lo buscaba, pero sus dedos notaron el frío tacto del acero y no tuvo dudas sobre lo que haría. Encerró el pequeño manojo de llaves en el puño y salió a toda prisa al pasillo. Moderó el paso mientras salía al exterior, todavía con las llaves aprisionadas en su mano sudada. Echó un vistazo breve y furtivo. Eran tres llaves, dos grandes y una pequeña, ésta última probablemente del buzón de correos. También había un llavero con forma de luna en cuarto menguante o creciente.

Ya tenía las llaves. ¿Y qué? Aparte de tener todos los números para meterse en un lío de los gordos, no veía la utilidad de todo esto. Claro que le gustaría meterse en el hogar de su amada profesora, empaparse de su vida cotidiana, husmear sus secretos, pero no estaba tan loco.

Interrumpió sus pensamientos al llegar al que, por lo visto, era su objetivo. Una cerrajería. No recordaba haber pensado en hacer una copia, pero aquí estaba, preguntándole al cerrajero cuánto le costaría hacer una copia de aquellas llaves. Una de ellas era de alta seguridad, lo que elevaba un poco el precio, pero, por suerte, contaba con dinero suficiente.

Unos minutos más tarde, regresaba al instituto a paso ligero. Todavía faltaban cinco minutos para que terminase el recreo. Subió hasta su aula, esquivando al conserje, y cuando entró el corazón le dio un vuelco. El bolso ya no estaba. La profesora había ido a buscarlo, no le cupo duda. Bueno, eso sólo le dejaba una opción. Dejó las llaves en el suelo, debajo de donde había colgado el bolso, como si se hubiesen caído. Por supuesto, era imposible, dado que el bolso estaba cerrado, pero no se le ocurría qué otra cosa podía hacer.

Salió de nuevo del aula, procurando no ser visto, y se quedó por el vestíbulo, pues el timbre que anunciaba el reinicio de las clases estaba a punto de sonar. Se sentó en un banco y se dijo que estaba como un puto cencerro.

El profesor de inglés fue el primero en ver las llaves. Se limitó a dejarlas encima de la mesa. Unos minutos más tarde, la profesora Isabel tocó la puerta y entró con semblante preocupado. Iván sintió un latigazo de culpa. Sonrió al ver el alivio iluminando las facciones de Doña Isabel. Ella también sonrió; era encantadora, aunque Don Gustavo cara-de-palo, el profesor de inglés, tan sólo le dedicó una mirada reprobatoria. Imbécil. Doña Isabel se retiró con una disculpa.

Iván supuso que en cuanto el alivio se lo permitiese, la profesora se preguntaría cómo diantre habían acabado las llaves en el suelo. Trataría de encontrar algo que explicase un simple accidente. No lo encontraría. Entonces llegaría a la conclusión más lógica. Alguien había fisgado en sus cosas. Se preguntaría cómo no había visto las llaves en el suelo antes, cuando fue a por el bolso. ¿Un despiste? Tal vez. O tal vez antes no estaban allí.

Iván estaba cada vez más nervioso. Empezó a temer que Doña Isabel informase al director o al jefe de estudios. Éstos podrían entrar en la clase en cualquier momento, pedir explicaciones y, cuando ningún alumno abriese la boca, empezar a registrar. Pero la cosa podía empeorar, porque, ¿y si alguien le había visto entrar antes de que sonase el timbre? ¿O recordaban que había salido el último? ¿O si el conserje le había visto después de todo?

Empezó a sudar, pese a que el clima no lo justificaba. Deseó poder deshacerse de las llaves, o al menos esconderlas en el interior de los deportivos o algo, pero temía que alguien se fijase en él. Además, si le encontraban las llaves escondidas en el calzado, sería señalado como el culpable irremediablemente, mientras que unas llaves en el bolsillo no tenían nada de raro.

Pero el final de las clases llegó sin que nada sucediese. De todos modos, Iván no se sintió a salvo hasta que estuvo a un centenar de metros del instituto. Aun así, no bajó la guardia. Todavía podía suceder algo en los días siguientes, aunque sólo podían especular. Y él, desde luego, no pensaba soltar prenda. Escondería las llaves en su cuarto, tal vez detrás del armario, o mejor aún, detrás de la tapa de algún enchufe.

Los días siguientes no pudo evitar la tensión agarrotándole mientras estaba en clase, y especialmente delante de la profesora. Pero con el transcurrir del tiempo se convenció de que su acto no tendría consecuencias. Poco a poco, fue relegando el recuerdo de las llaves al rincón más oscuro de su mente, hasta casi olvidarlo. Después de todo, nunca se atrevería a irrumpir en una casa ajena. No le apetecía acabar en un reformatorio.

Iván debía ser el único estudiante que temía la llegada de las vacaciones de verano. Significaba el fin del curso, el final de ese tiempo compartiendo el mismo espacio con su amor platónico. Desearía poder frenar el tiempo, paralizarlo. Pero eso era imposible y, finalmente, el último día de curso llegó, un día solaz para todos y aciago para Iván.

En los días siguientes, la angustia le devoraba. Un vacío inconmensurable, abisal, se abría en su interior. Sabía que la ausencia de ese tiempo en común con la profesora le dolería, pero no había previsto semejante sensación de hundimiento.

Comenzó a frecuentar el barrio donde ella vivía. Ya lo había hecho antes alguna vez, pero muy poco por miedo a ser visto y que la profesora sospechara sus sentimientos, lo que, a su juicio, sólo la haría más inalcanzable. Claro que entonces existían esos días en que sabía que la vería, y ahora no. Necesitaba verla, sentirla cerca, empaparse de su presencia, por lejana que fuese.

Vigilaba el portal del edificio durante horas desde un lugar discreto, con la esperanza de verla aparecer. Y su paciencia fue recompensada más de una vez. La alegría que le invadía en esos momentos hizo que le brotasen lágrimas. La necesitaba mucho más de lo que nunca habría imaginado.

Los días posteriores continuó con su labor de espía, mendingando unos segundos de su presencia. En ocasiones la veía salir o regresar acompañada de un hombre de unos treinta años, obviamente su novio. El modo en que iban agarrados de la mano, o como él le pasaba el brazo por los hombros no dejaban lugar a dudas. En tales ocasiones unos celos corrosivos como ácido se ensañaban en las entrañas de Iván. Sabía que aquello era tan inevitable como lógico, pero su reacción era igualmente inevitable.

Transcurrió un mes y medio. Iván estaba al borde de la locura. O al menos así se sentía. Sospechaba que estaba a un paso de sufrir una crisis nerviosa. Desde luego, lo que sí sufría era una depresión de caballo. Se sentía falto de energía, cualquier nimiedad invocaba sus lágrimas, le daba la impresión de que una losa enorme le aplastaba bajo su peso, impidiéndole ver la luz del sol. En su mundo, todo era penumbra y desolación. Procuraba ocultárselo a su familia, que de cuando en cuando hacían comentarios sobre lo desanimado que parecía. Era consciente de que estaba obsesionado con la profesora Isabel. Soñaba con ella, pensaba en ella a cada momento, fantaseaba con ella. Obsesionado como un puto tarado, y tan joven. Era triste y risible a la vez. Pero no podía evitarlo, igual que no se podía evitar la fiebre en una infección. Sí, eso era el amor que sentía, una enfermedad, una infección en el alma que no le dejaba vivir. Necesitaba urgentemente una medicina, algo que aliviase, aunque fuese durante unos minutos, la profunda desazón que le quebraba por dentro. Pero sólo había una medicina, y no estaba a su alcance.

Fue entonces cuando el recuerdo de las llaves salió a la luz.

Al día siguiente, Iván salió temprano de casa, poco después de desayunar. Una hora más tarde, se encontraba apostado delante del edificio donde vivía la profesora. Su coche estaba aparcado cerca de allí, así que supuso que no había salido todavía, o lo había hecho a pie.

No se equivocaba. Casi dos horas después, Doña Isabel salía por el portal y se dirigía hacia su coche. El coche de su novio tampoco estaba. En cuanto la perdió de vista, Iván se puso en movimiento. Fue hasta el portal, probó las llaves hasta abrirlo. Entró. Miró los buzones. Allí estaba su nombre; también el de su pareja, Óscar. Tercer piso. Puerta A. Subió al ascensor. Un minuto después, se encontraba ante el hogar de la única cura de su alma. Alguien estaba cerrando una puerta en el piso superior. Además, en cada planta había cuatro apartamentos. Si alguien le veía, la habría cagado. La puerta tenía dos cerraduras. Una era de máxima seguridad y la otra no. Abrió y entró instantes antes de que el vecino que había oído antes terminase de bajar las escaleras hasta el descansillo, desde el cual le habría visto claramente. ¡Maldito imbécil! Bien podía usar el ascensor como todo el mundo.

Esperó a que el sonido de pasos se extinguiese y cerró ambas cerraduras, tal como estaban. Una voz en lo más profundo de su cerebro le advirtió las posibles consecuencias de lo que estaba haciendo, e incluso le ofreció la posibilidad de salir de allí antes de que fuese demasiado tarde. Era la voz de la cordura, y sonaba cada vez más lejana y confusa, hasta que finalmente no pasó de ser un murmullo ininteligible, fácil de ignorar.

Por suerte, Doña Isabel no tenía ningún perro. Así que, de momento, nada se interponía en su expedición por el pequeño mundo de la profesora. Allí olía a ella, entre aquellas paredes la profesora era, sencillamente, Isabel.

Recorrió el pasillo plagado de ángulos rectos, deteniéndose en cada estancia. La cocina, limpia y organizada; la sala de estar, donde vio algunas fotos de familia y otras con su novio, en actitud cariñosa pero tímida. El cuarto de baño, donde la bañera húmeda y el olor a champú eran delatores de su higiene (¡Quién fuera esponja!, pensó con una leve sonrisa). Y por último, dos dormitorios, uno evidentemente en desuso, así lo decía el aspecto frío, sin adornos, vacío. El otro, en cambio, estaba empapado de su esencia. La cama estaba hecha y sólo en la cómoda se observaba cierto desorden. No tuvo dificultad para saber en que lado de la cama dormía ella. La pareja alineaba su calzado frente a sus respectivos lados de la cama, las puntas rozando la pared. Iván se acercó al lado correspondiente a la profesora. Acarició el edredón; luego, las sábanas, la almohada. Acercó la nariz. Aspiró hondamente, llenándose de aquel olor a piel y a perfume y a champú. Su olor personal, al que él no tenía derecho. Y por eso debía venir como un ladrón a saborearlo. Su mente se perdió en quimeras durante un tiempo indeterminado, sueños que sólo arraigaban la infección de su alma.

Sólo quedaba un cuarto más, al final del pasillo, tras girar un recodo. Una habitación pequeña y llena de trastos: cajas con libros viejos y papeles, una silla rota, el palo de una escoba, periódicos atrasados…

Había recorrido todo el piso, aquel hogar que él sólo podía fantasear con compartir con ella. Sólo le quedaba marcharse, tal vez llevarse algo como souvenir, una prueba de que había estado allí, un invasor de su espacio personal. Se sentía culpable, pero era la culpabilidad del yonqui, que no puede evitar meterse su dosis mientras se desprecia por ello.

Regresó al dormitorio con la intención de llevarse alguna pequeña prenda, un pañuelo o algo así (se le pasó por la mente rebuscar en la ropa interior, pero desechó la idea), cuando oyó el inconfundible sonido de una llave entrando en una cerradura. El corazón le dio un vuelco. ¿Tan pronto? Miró su reloj y descubrió que había estado más de una hora allí dentro, absorto en sus fantasías. Con los nervios a flor de piel buscó algún escondite. Sólo se le ocurrió una opción. Corriendo sin hacer ruido, perseguido por el sonido del cerrojo cada vez más cerca de permitir la apertura de la puerta, fue hasta el cuarto de los trastos, entró procurando no hacer ruido y, cerrando la puerta tras de sí con cuidado, se encogió en la esquina más alejada, entre una caja de cartón y una escalera metálica. Por un pequeño tragaluz sucio se filtraba una tenue luz que apenas daba para perfilar las formas de los objetos que le rodeaban. Escuchó abrirse la puerta, luego cerrarse. Pasos. Pasos femeninos. Ella. También sonido de bolsas de plástico. Probablemente había ido a hacer alguna compra. Y allí estaba ella, tan cerca, a tan sólo unos pasos, en la intimidad de su hogar. Y tan lejos como si perteneciesen a dimensiones distintas.

Transcurrieron horas. Eternas horas. La luz enfermiza que alcanzaba el tragaluz fue muriendo poco a poco, hasta que Iván se vio invadido por las tinieblas. Tenía hambre. Sed. Y estaba agarrotado. No se había quedado solo en ningún momento. No había tenido ocasión de salir de allí sin arriesgarse a ser descubierto. Tendría que esperar a que estuviesen dormidos. Sus padres le iban a matar.

Y esperó. Mucho. Y cuando dejó de escuchar ruido alguno, aún esperó un rato más. Cuando ya era la una y media de la madrugada, se dispuso a salir. No hubo una sola articulación de su cuerpo que no le crujiese cuando se levantó. Le dolía todo y estaba famélico. Con sumo cuidado, salió del cuarto esforzándose en no hacer ruido. Tuvo un par de sustos, pero logró llegar al pasillo con bastante éxito… O eso pensó hasta que vio, al otro lado del recodo, encenderse una luz pálida. ¿Le habían oído? Sin saber qué haría en ese caso, tenso como una cuerda de piano, Iván esperó. Pero pronto se dio cuenta de que sólo era alguien entrando en el cuarto de baño. Suspiró de alivio para sus adentros. Ahora sólo se trataba de ser paciente un poco más.

Sin embargo, guiado por algún impulso irracional, avanzó hasta el recodo. La puerta del cuarto de baño estaba abierta, y desde el interior le llegó alto y claro el sonido de orina cayendo sobre agua. Supo que se trataba del novio de la profesora.

Algo se removió en su cerebro. Tal vez fue el hambre y la sed, las horas encerrado con sus pensamientos obsesivos girando en torno a ella como una noria enloquecida. Tal vez fueron sus nervios crispados por aquel encierro obligado, por tener tan cerca la vida que ansiaba y que nunca podría tener. Una vida en común con la única mujer que había amado. O tal vez fue que, simplemente, estaba loco.

El caso es que lo hizo. Sin plan, sin premeditación. Ni siquiera había fantaseado con ello. En sus quimeras, el novio, ese tal Óscar, no tenía ningún papel, no era ni un mísero extra. Pero, de pronto, lo convirtió en víctima.

Óscar salía del cuarto de baño, apagando la luz. La oscuridad fue casi total, pero Iván, con el recuerdo de su posición parpadeando en sus retinas, lanzó su ataque tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de moverse. Pegándose a su espalda, Iván le rodeó el cuello con un brazo y le tapó la boca con la otra mano. Luego, todo fue cuestión de apretar, apretar, apretar, tenaz como un buldog. El miedo y un odio repentino mantuvieron firme a Iván frente a los codazos y patadas que recibía. Una eternidad después, la resistencia del novio se fue evaporando hasta desaparecer.

Iván aflojó la presión. Despacio, dejó el cuerpo en el suelo. Esperó. Ningún movimiento. Ella no lo había oído. Se acercó al rostro de él. Notó su respiración. Bien, no era un asesino. No se sintió ni mejor ni peor por ello.

Encendió la luz del baño. Arrastró el cuerpo inconsciente al interior. Cerró la puerta. Óscar sólo llevaba una camiseta y unos calzoncillos. Iván se sacó la camisa para atarle las muñecas a la espalda con una de las mangas y usó otra para atarle los tobillos. Cerca de la bañera había una tina con ropa sucia. Cogió una camiseta de mujer y la usó para amordazar al hombre. Observó su obra esforzándose para no preguntarse qué coño estaba haciendo. Arrastró el cuerpo hasta la bañera y lo levantó para meterlo dentro. Hasta ese momento no había sido consciente del dolor que martilleaba sus costillas a causa de los codazos de Óscar, pero con el esfuerzo el dolor pareció multiplicarse. Lo soportó. Un simple dolor no impediría que llegase hasta el final. No ahora que había llegado hasta aquí.

Tras correr la cortina de la bañera y recuperar el aliento, regresó al pasillo. Iba a apagar la luz cuando cayó en la cuenta de algo. Llevaba demasiada ropa. Se quitó el pantalón, el calzado y los calcetines, quedándose en camiseta y calzoncillos. Como él. Ahora sí, apagó la luz. A tientas, entró en el dormitorio de la pareja. Se oía una suave música y en la oscuridad brillaba la luz roja de una radio. Se dirigió al lado izquierdo de la cama; el lado del novio. Con el corazón en un puño, conteniendo el aliento, transpirando sudor helado, Iván se metió en la cama, entre aquellas suaves sábanas que no le pertenecían, ocupando un lugar que no le pertenecía, al lado de una mujer que no le pertenecía.

Lentamente, se volvió hacia ella. Se acercó hasta sentir su cálido aliento golpeándole el rostro. Una sensación de vértigo ascendió por su vientre hasta su pecho. No podía permitirse pensar. Había entrado en aquel hogar como un ladrón, furtivo y ladino. Y como tal, robaría una parte de lo que se había convertido en el eje de su existencia.

La besó. Aquellos labios delgados y entreabiertos. Los besó con dulzura, con mucho cuidado. Ella despertó, sonrió, le abrazó. Iván pensó que si la muerte pasara a recogerle en aquel mismo momento, se llevaría un alma feliz. Pero no era morir lo que quería, sino apropiarse mediante el engaño de lo que nunca tendría por sí mismo. Continuó besándola, sus labios, sus mejillas aterciopeladas, su piel tersa. Y ella le correspondía, sí, también le besaba con deseo, con ternura. Ni siquiera cruzaron una palabra. Por fortuna. Se deshicieron de las escasas telas que se interponían entre ellos y, al fin, Iván logró robar el mayor tesoro que podía atreverse a desear. Ella misma se lo entregó. Aquello fue el paraíso. Y él un intruso sucio y vil. Un ser despreciable. Y también un ser feliz.

Más tarde, cuando reinó la calma de nuevo y ella reanudó el sueño interrumpido, Iván se levantó cuidadosamente, muy a su pesar. Se vistió su ropa interior. Regresó al cuarto de baño. Óscar continuaba inconsciente. Iván recuperó su camisa y se vistió. Apenas le prestó atención al novio. Su cerebro sólo podía reproducir una y otra vez los últimos minutos. Había usurpado un pedazo del paraíso, y se lo llevaba con él. Siempre lo llevaría consigo. Nada podría arrebatárselo.

Con todo el sigilo posible, salió del piso. Luego, en el exterior, una noche despejada y fresca le esperaba, acogedora como una amante placentera. Como ella hacía un momento. Sabía que al final de aquella noche sólo le esperaban problemas, las consecuencias de sus actos. Sabía que no podría librarse. Había dejado sus huellas, por no hablar de lo que había dejado en ella, en su interior. Pero no importaba. Disfrutaría de la noche. Daría un largo paseo. Recordaría su momento de felicidad. Una felicidad robada, pero la única que había logrado a lo largo de su vida. La única que lograría jamás.



viernes 19 de diciembre de 2008

SIEMPRE A TU LADO


Pobre. Ahí estás, tratando de mantener la compostura ante la chica, intentando aparentar una confianza que jamás has tenido. Pero no engañas a nadie. Ni a ella, ni a mí, ni a ti mismo. La camarera trae las bebidas. Cierro los ojos y pienso: “Una Fanta de limón.” Abro los ojos. Delante de ti burbujea un vaso de Fanta limón. ¡Pero qué previsible eres para mí! La chica ha pedido un agua con gas. Qué irónico. La bebida que más odias.

Los dos charláis y sonreís entre sorbo y sorbo. Ella actúa con naturalidad. No debe ser su primera cita. O tal vez tu inseguridad le da seguridad a ella. Paradojas de la vida. Tampoco es tu primera cita, pero como si lo fuera. Derrochas timidez por todos tus poros, como siempre. Tus sonrisas son forzadas, y evitas mantener alzado el vaso lo máximo posible para que no se note el temblor de tu pulso. A pesar de todo, te esfuerzas en resultar simpático, en caer bien, en dar una buena impresión, siempre tan preocupado por lo que piense tu interlocutor (sea quién sea). Pero esta chica no aprecia tu esmero. Ambos lo sabemos. Ella no te volverá a llamar y responderá a tus llamadas con evasivas, y en caso de mucha insistencia, te dirá claramente que no quiere saber nada de ti. Lo tenemos tan claro, que es como si tuviésemos un guión ante nuestros ojos.

Pero no debes entristecerte, cariño, porque muy pronto yo apareceré. Mientras tanto, permite que me ausente durante el tiempo perdido que dedicarás a esta cita. Sé que alzas tu mirada cuando salgo de la cafetería, a tiempo para atisbar parte de mi espalda y el movimiento del cabello de mi nuca, cuyo color oscuro asocias con el mueble de nogal de tus padres. Sé que el corazón te dará un vuelco, y tratarás de verme mejor a través del ventanal de la cafetería, aunque no lo lograrás. Sé que desearás verme de nuevo. Sé que restarás importancia a esta cita en la que no tienes fe.

En definitiva, sé que ya no podrás olvidarme.

Siempre te ha gustado salir a pasear los domingos por la mañana, temprano, cuando el amanecer estival apenas se insinúa entre las montañas. Las calles vacías, donde el único sonido es el eco de tus pisadas, la brisa matinal, el cielo oscuro, recobrando poco a poco su color azul. Sé que disfrutas con estos paseos, al igual que sé que la expresión absorta de tu rostro no se debe a la cita fallida del otro día. Ni siquiera has vuelto a llamar a la chica. En el fondo, sabías desde el principio que no erais el uno para el otro. Lo único que ocupa tu mente ahora es la joven que entreviste fugazmente saliendo de la cafetería, ese cabello castaño oscuro que te recuerda a la madera de nogal pulida, como el mueble que tus padres tienen en la sala de estar. Piensas que es una tontería obsesionarte así por alguien que crees que nunca volverás a ver, o que, en caso contrario, no reconocerás.

Pronto descubrirás que te equivocas.

Te veo llegar desde debajo de un castaño, sentada sobre el murete que rodea la plaza. Avanzas despacio, con las manos en los bolsillos, sumido en tus pensamientos (cuyo eje soy yo), cabizbajo, con la mirada distraída en la punta de tus deportivos. Entras en la plaza. Tus pisadas hacen crujir la gravilla. Posas un pie en la zona pavimentada. Te detienes, como si acabases de percibir tu nombre a lomos de un susurro. Tal vez sea así. Sonrío cuando empiezas a volver tu cabeza hacia mí.

Los primeros rayos del sol matinal proyectan la irregular sombra del castaño, que cubre mi cuerpo como un suave velo. Pero eso no impide que me veas con claridad. Ni que me reconozcas. Ahí estás, mirándome sin parpadear, pálido e inmóvil como una escultura. Yo podría ser cualquier otra. Pero no lo soy. Tú podrías dudar. Pero no lo haces. Sabes que soy la que salía de la cafetería el día de tu cita. La del cabello como madera de nogal. Lo sabes con la misma certeza que sabes tu nombre. Lo que no impide que tu capacidad de reacción quede anulada. Es hora de echarte un cable.

–Hola –te saludo, sonriendo.

Continúas estático, sin hablar, sin respirar siquiera.

No puedo evitar una risita divertida.

–Hola, Félix.

Pronunciar tu nombre consigue reanimar tu cuerpo. Sacas las manos de los bolsillos, te rascas la palma de la mano izquierda, como siempre que estás nervioso. Dedicas un segundo a preguntarte cómo sé tu nombre, pero enseguida lo olvidas. Prefieres no saberlo, aunque no eres consciente de ello. De todos modos, estás demasiado concentrado en mi rostro. Es como si cada rasgo mío, cada forma de mi cuerpo, cada cabello de mi cabeza, encajaran a la perfección en un molde oculto en tu corazón, un molde que hasta ahora estaba relleno de oscuridad. Es como si ya me hubieras visto antes. Pero lo que más llama tu atención son mis ojos, de un verde intenso, similar al de la hierba húmeda, como si mis iris estuviesen compuestos de clorofila líquida. Los observas detenidamente, te pierdes en ellos, olvidándote de lo que te rodea. Y yo permito que lo hagas durante varios segundos, quizás varios minutos. También yo me dejo perder durante un momento en el color miel de los tuyos. Como hipnotizados el uno en el otro, inamovibles, dos reflejos que provienen de un mismo origen.

El hechizo llega a su fin cuando parpadeo dos, tres veces. Tú también parpadeas, vuelves a rascarte la palma de la zurda. Afianzas bien los pies al suelo, como si temieses perder el equilibrio. Mueves tus labios con cierto esfuerzo para dar una tardía respuesta a mi saludo.

Hola. –Y de nuevo te quedas en silencio, pero esta vez evitas mirarme. Podría deberse tan sólo a tu timidez, pero no se trata sólo de eso. Mi presencia te perturba, aunque no sabrías decir por qué.

Sé que cuando te vuelves de nuevo hacia mí, una parte de ti tiene la esperanza de que me haya desvanecido. Sin embargo, te sobresaltas al encontrarme de pie, a pocos pasos de ti. Al mismo tiempo, inconscientemente, sientes un tenue alivio, y de hecho te alegra, a pesar de tu timidez, tenerme cerca. Así mis ojos son más visibles, más reales y más irreales, y debes hacer acopio de toda tu voluntad para no caer de nuevo en su fuerza centrífuga. En cambio, a mí no me importaría perderme en los tuyos.

Bajas la mirada, concentrándote en la sudadera granate que visto, en los vaqueros grises, los deportivos marrones. Crees que así podrás serenarte un poco, pero te equivocas, y ahora desvías los ojos hacia el árbol, el castaño bajo cuya sombra te esperaba.

–¿Cómo… Cómo te… llamas?tu voz mengua de tal modo que casi no terminas la pregunta.

Sonrío. Y de algún modo, aunque no me estés mirando, sabes que sonrío, y eso tiene un suave efecto relajante en tu interior. Lo suficiente como para que vuelvas a mirarme, aunque aún evitas mis ojos. Observas mi cabello, las puntas que rozan mis hombros, las pecas de mis pómulos y mi nariz.

–¿Cómo crees que me llamo?

Te desconcierto. Encoges los hombros.

No lo sé.

–¿Y necesitas saberlo?

Ahora me miras con genuina sorpresa, casi dudas de ti mismo, pero sobre todo de mí, de mi existencia. Una risita por mi parte consigue apaciguar tu confusión. Aunque no demasiado.

–No necesitas saberlo, de momento. –Mi tono de voz surge con naturalidad, tú dirías que con encanto–. De lo contrario, lo sabrías.

Frunces el ceño de un modo que me hace ensanchar mi sonrisa.

Pero tú sabes el mío –contestas–. ¿Es porque lo necesitabas?

Intentas darle un matiz irónico a la pregunta, pero es en vano. Serías incapaz de tomarme a la ligera.

En lugar de responderte, doy media vuelta (te fijas en el vuelo de mi pelo al girarme) y me encamino hacia donde estaba antes, el trozo de murete bajo la sombra del castaño. Tú avanzas unos pasos, siguiendo el rastro de mi perfume. Al darte cuenta, te detienes. Te sientes ridículo, aunque no deberías.

Al sentarme, te invito con unas palmaditas sobre el murete a que tú también lo hagas, a mi lado. Dudas, por supuesto, pero accedes. Te sientas, muy rígido, la mirada fija al frente. Siento el impulso de acariciarte una mejilla, y tú casi notas el roce de mis dedos. En lugar de eso, me giro hacia ti, flexionando las piernas y cruzándolas sobre el murete. Me lanzas un rápido vistazo, notando el peso de mis ojos pendientes de ti como algo físico (aunque un momento después, supones que lo que sentiste fue el contacto de la brisa); luego, vuelves a mirarme, más tiempo. Sonríes, incómodo.

–¿Por qué me miras así? –preguntas, titubeando.

–Me resulta agradable hacerlo.

Me dedicas una tercera mirada. Te sorprende que mi sencilla respuesta te sonara sincera. Pero te cuesta creer en esa sinceridad, y también en esta realidad.

Qué raro –murmuras, frunciendo el ceño.

–¿Qué es raro?

Sonríes, como diciendo: “¿Qué no lo es?”

Todo esto –contestas, y me miras–. Y sobre todo, tú.

–¿Te parezco rara?

Algo en mi voz hace que, de nuevo, me mires con asombro. Sientes como si yo guiara tus pensamientos hacia una conclusión concreta.

Sí… Bueno, no sé. –Me miras con incertidumbre, la mirada de un hombre abandonado en una ciudad extranjera, incapaz de comunicarse porque todos desconocen su idioma. Preguntas, indeciso–: ¿Nos conocemos de algo?

–¿Sientes que nos conocemos de algo? –replico, sin dejar de sonreír ni de mirarte.

Te encoges de hombros. Tus ojos acarician mi cabello, cuentan las pecas de mi rostro, recorren mis labios, las comisuras suavemente hendidas.

No lo sé. –Suspiras–. Tengo esa sensación… ese…

–La sensación de haberme visto antes.

–Sí, algo así.

–O quizás, te recuerdo a otra persona.

Mis ojos atraen a los tuyos; se pierden mutuamente. Nos quedamos así, perdidos en nuestras propias miradas, durante un tiempo indeterminado. Sin decir nada, atentos al bullicio de nuestras almas. Mi mano se acerca a tu cara, se posa en tu mejilla, con suavidad, con ternura. Y entonces hablo, pero mi voz no rompe nuestro hechizo privado.

–Somos piezas fundamentales de un mismo todo. Los pilares de un mismo edificio. Necesariamente juntos. Separados no seríamos nada, sólo escombros.

Cuando vuelves en ti yo ya no estoy. Te encuentras solo, no obstante, sigues notando mis dedos en tu rostro. Y sigues escuchando el eco de mis palabras.

Durante el resto del día no puedes dejar de pensar en mí. Sales a la calle con el único objetivo de encontrarte conmigo, tus ojos, frenéticos, escrutan cada rostro, cada silueta, cada sombra. Pero es inútil, y la frustración te hace llorar. Odio verte sufrir. Pero el sufrimiento es inevitable.

Por la noche, visito tus sueños. Trato de hacerlos agradables, felices. Al principio, todo va bien. Luego, ciertas corrientes negativas de la mente enturbian mi cálido céfiro, deformándolo, convirtiéndolo en una tempestad.

Te despiertas sobresaltado, con un gemido que se pierde en las tinieblas del dormitorio. Tienes el cuerpo bañado en sudor frío y jadeas. El resto de la noche la pasas en vela, con la manta cubriéndote la cabeza.

Por la mañana, cuando te diriges a tu coche para ir al trabajo, me encuentras apoyada en la carrocería. Te detienes en seco y el hombre que caminaba distraído detrás de ti choca contra tu espalda. Murmuráis una disculpa. El hombre se aleja y tú te aproximas a mí, cohibido. Te fijas en mi sudadera granate, mi cabello de nogal, todo un preeliminar que te lleva hasta mis ojos.

Te saludo con una sonrisa.

¿Cómo sabías que éste era mi coche? –me preguntas, y sientes que es una cuestión vacua. Intuyes la respuesta.

–Porque tenía que saberlo.

Asientes con la cabeza, nada sorprendido.

Abres las puertas del coche con el mando y me miras, interrogante, adivinando lo que voy a decirte. Por supuesto, esto me llena de alegría. Significa que estás más cerca de la comprensión, y de la aceptación. Ni siquiera haría falta que abriera la boca, pero lo hago.

–¿Te importa que te acompañe?

–No. –Y me dedicas tu primera sonrisa cálida desde que nos encontramos en la plaza. Te devuelvo una igual.

Nos subimos al coche. Es como si estuviésemos en una burbuja, en una dimensión diferente al resto del mundo. Solos, pero sin sentir el frío de la soledad. Sólo nos necesitamos el uno al otro; esto es algo que ya puedes ver por ti mismo.

No hablamos durante el trayecto hasta el edificio de oficinas donde trabajas. Nuestras presencias compartidas suplen el mutismo, hacen encajar enchufes y cables del espíritu, encienden luces allí donde creíamos que sólo podía haber penumbra.

–¿Nos veremos luego? –me preguntas cuando llegamos.

Una sonrisa, una mirada, constituye mi respuesta.

No me encuentras al salir de la oficina, pero eso no te desanima. Sabes que pronto apareceré. Cuando subes a tu piso, me encuentras allí, junto a tu puerta. No te molestas en hacer preguntas innecesarias. Estás por encima de eso.

En la intimidad, te dejo que observes el verdor de mis ojos cuanto quieras. Acaricias mi cabello, mis mejillas pecosas, mi sudadera granate, mis manos. Una mezcla de emociones eclosiona en tu pecho y llena tus ojos de lágrimas. Como si reaccionaran a los tuyos, mis ojos también lloran.

Me abrazas, me besas como si ya me conocieras y hubieses echado de menos mi ausencia durante mucho tiempo. Yo reflejo tu angustia y tu tristeza.

Luego, nos afanamos en buscar un momento de sosiego.

–Nuestro próximo encuentro será junto a la fuente.

Tú duermes, pero sé que recordarás las palabras que susurro a tu oído. Me deslizo fuera de la cama, me disuelvo en las sombras.

Esta vez tendrás que venir tú a mi encuentro.

“Nuestro próximo encuentro será junto a la fuente.” Oyes mis palabras en tu cabeza en cuanto te despiertas, y desde entonces no dejas de escucharlas. Me buscas en tu piso; luego, sales a la calle y continúas buscando, sólo para confirmar lo que ya sabes. Esta vez no seré yo quien aparezca ante ti. Lo sabes, igual que sabes dónde encontrarme.

Junto a la fuente. Es sencillo, pero un miedo irracional te retrasa. ¿Qué temes, amor mío? Sabes que ir a mi encuentro significará el absoluto, la compenetración definitiva. Pero tienes miedo, porque ello también significará convertir en un mero recuerdo todo lo que conoces como “cotidiano”. Incluso temes que desaparezca ese recuerdo. Y también sabes que no venir significará vivir en un vacío insondable e inconsolable, encerrado para siempre en la cárcel de la tristeza. Nunca más volverías a verme. Esto es lo que más temes.

Así pues, aunque dejas transcurrir los días con la vana esperanza de verme aparecer, finalmente tomas una decisión. Ahora ya no tendré que esperar más.

La fuente de piedra y cemento está situada en la falda de la montaña, cuya cima es imposible de ver a través de las ramas de árboles y los arbustos. El constante chorro de agua brilla como diamante líquido bajo los rayos del sol. Al otro lado de la carretera, un muro bajo de piedra; al otro lado del muro, la continuación de la montaña, que finaliza abruptamente en un río.

Aquí sólo se puede respirar serenidad. Éste era nuestro lugar especial. Las lágrimas resbalan por mis mejillas. Cuando bajas del coche, veo que tú también lloras. Te acercas a mí, y dices:

–Alba. –Tu nombre brota de mis labios como un eco cuyo origen queda demasiado lejos en el tiempo, al otro lado de un océano de amnesia.

Pero ya no hay amnesia, y un torrente de recuerdos agita los cimientos de mi mundo, y su fuerza incontenible amenaza con hundirlo todo. Y lo único que deseo es ahogarme en ellos.

–Te dije que cuando necesitaras saberlo, lo sabrías.

La chica cuyo cabello me recuerda al mueble de nogal de mis padres, los ojos verdes como hierba húmeda, rostro salpicado de pecas y sudadera granate me sonríe con tristeza. Esa chica que hace ocho años complementaba mi alma, que me hizo sentir vivo durante una época que siempre será demasiado corta.

Alba. Un nombre dulce por lo que significó. Agrio por la muerte que se interpuso entre nosotros.

–¿Cómo pude olvidarte? –sollozo–. ¿Cómo he…?

No me has olvidado. –Alba me habla con su ternura y serenidad de siempre; su voz es cálida y suave, como reposar sobre un lecho mullido al lado de una hoguera. Oh, Dios, y es tan real, tan real–. Nunca me has olvidado, Félix, pero no podías mirar de frente a la verdad. No solo. Por eso estoy aquí.

–Pero tú… tú no puedes ser… no puedes estar… –no puedo controlar mis balbuceos, pero tú me comprendes. Tú siempre me comprendes.

Soy todo lo real que necesitas, Félix. Soy una composición de tus recuerdos. –Deseo enjugar las lágrimas de tus mejillas, pero temo que el contacto con mis dedos haga que te desvanezcas.

Mi temor parece convertirse en realidad cuando avanzas hacia mí, me abrazas, y cuando pretendo rodearte con mis brazos, me encuentro abrazándome a mí mismo. Casi me dejo llevar por la desesperación, pero entonces te veo, y me quedo paralizado.

Te quedas muy pálido cuando me ves sentada sobre el muro de cemento que bordea el otro lado de la calzada. Sentada igual que aquella vez, hace ocho años. ¡Qué tonta fui! Tanto jactarme de mi prudencia, y fue mi imprudencia lo que acabó por separarme de ti. Aquella vez, lo último que viste fue mi expresión de perplejidad y miedo, y un instante después, mi sudadera granate hundiéndose en el río. Para cuando encontraste por donde bajar al río, la corriente me había llevado lejos, demasiado lejos, a donde no podría abrazarte, ni besarte; a donde nunca más volveríamos a charlar mientras paseábamos por las vacías calles del vecindario, los domingos por la mañana, en verano. Ya no más momentos compartidos, ni risas, ni felicidad.

La culpabilidad por lo que te hice sufrir se convierte en la fría e implacable hoja de una guadaña que nos atraviesa a ambos, porque después de todo, yo soy tú, y tú eres yo, y por tanto, mi compañía es sólo…

…una ilusión que no pondrá fin a mi soledad. Fui un imbécil al pretender llenar este vacío con otras mujeres, con las que nunca llegaba a nada, porque en el fondo, sabía que era imposible sustituirte.

Camino hacia ti, lastimero como un perro apaleado en busca de una caricia, y suplico. No quiero volver a perder de vista tus ojos, ni dejar de acariciar tu cabello, ni de sentir tus labios contra los míos. Quiero estar contigo para siempre, y olvidar la verdad, y fundirme en mi ilusión.

Así que ven, abrázame, bésame, y deja que esta caída nos devuelva el uno al otro.


miércoles 26 de noviembre de 2008

TESORO

No es más que la carcasa de un hilo dental. Una tapa superior que cubre el orificio por donde salía el hilo, y un pequeño gancho metálico para cortarlo al tensarlo. Otra tapa para cubrir el interior de la carcasa. Dentro, un pequeño aplique tubular para enrollar el ya inexistente hilo.

Para la gran mayoría de las personas, aquello sólo era basura. La carcasa había perdido su utilidad, y su lugar predestinado estaba entre latas vacías chorreantes de aceite y restos de comida. Pero el niño la había rescatado y había hecho que su vulgar existencia trascendiese a algo más. Había convertido aquella simple carcasa de plástico en un Guardián del Tesoro.

Para la mayoría de las personas, el Tesoro también sería simple basura. Un papel, la cuarta parte de un folio doblado varias veces y oculto en el interior del armazón del plástico, aprisionado entre el aplique y la cara interior de la segunda tapa. En el papel, tan sólo dos nombres unidos por una conjunción. Los nombres remarcados con rotulador azul celeste. La conjunción vestida de dorado por otro rotulador. Eso era todo. Ése era el Tesoro.

Y si la carcasa de plástico que un día había aportado su granito de arena en pos de la higiene bucal hubiese tenido conciencia propia y alma caballerosa, se habría sentido honrada. Porque en aquel simple trozo de papel un niño había impreso un sueño, una ilusión, una emoción tan vieja como el pecado; se habría sentido orgullosa de proteger en el interior de su armadura de plástico un tesoro tan puro como sólo puede serlo el corazón de un niño.

Con conciencia propia, la carcasa apreciaría el calor dentro del bolsillo del niño, que siempre la llevaba a todas partes, un amuleto de la suerte. Y se emocionaría cuando el puño la apretaba en busca de consuelo, imbuido de esperanza.

Y con conciencia propia y alma sensible, la carcasa se angustiaría en la oscuridad de un cajón frío como la soledad, sollozaría al ser abierta y ver el Tesoro tanto tiempo guardado arrebatado por su propio rey.

Y lloraría al ver el Tesoro envuelto en llamas, el fuego devorando con apetito suicida, reflejándose en las lágrimas de un niño.

martes 4 de noviembre de 2008

EL HOMBRE QUE QUERÍA SER OLVIDADO


Ignoré el sobre que había en mi buzón cuando salí hacia el trabajo, tarde como de costumbre. Imaginaba que sería alguna factura. Era lo único que recibía en meses. Pero me equivocaba. Cuando regresé y cogí la carta, vi que el sobre no tenía remite, tan sólo mi nombre y dirección escritos en pulcras letras mayúsculas de ordenador. El matasellos era de mi ciudad.

Desconcertado, abrí el sobre mientras subía en el ascensor. El contenido no despejó mis dudas, más bien al contrario. Había una foto. La foto estaba en blanco y negro y mostraba unas torres de energía eólica. Confuso, miré el reverso. Había algo escrito también en mayúsculas, esta vez a mano:

DÍA 22, A LAS 7

En principio, ni la nota ni la foto me decían nada, aunque algo accionó algún interruptor en lo más profundo de mi memoria; nada identificable por el momento. Aparte de eso, de no ser porque mi nombre y mi dirección no dejaban lugar a dudas, habría dado por hecho que aquella misiva había acabado en mis manos por error.

Pasé toda la tarde escarbando en la memoria, intentando localizar algo que me ayudase a esclarecer aquel misterio. Manoseé la foto y releí aquella especie de cita un centenar de veces, pero nada, no había modo.

Me encontraba bajo el chorro cálido de la ducha y con una sobria cena esperándome en la cocina, cuando mi cerebro empezó a atar cabos tan repentinamente que casi me mato en la bañera. Segundos después, me sentía como un imbécil. ¿Cómo no me había dado cuenta sólo ver la foto? Claro que, después de todo, habían pasado más de veinte años. Aun así, daba que pensar que uno olvidase, aunque fuese sólo por unas horas, el lugar más importante de su infancia.

Así era. El árido campo sembrado de enhiestas e impávidas torres eólicas, con sus aspas girando al unísono parsimoniosamente, fueron testigos de los múltiples juegos infantiles que protagonizamos Suso, Toni, Marcos y yo, D’Artagnan y Los Tres Mosqueteros, aunque nunca quedó claro quién de nosotros era D’Artagnan. No había líderes en nuestro grupo; no nos hacía falta. Democráticos desde críos, ja, ja.

Bien, esto sólo podía significar que quién había mandado la foto era uno de mis amigos de la infancia. ¿O tal vez todos? Mientras me metía macarrones fríos en la boca distraídamente, con la otra mano daba vueltas a la foto. Apenas podía contener una emoción que creía olvidada, o muerta, que para el caso era lo mismo. Había perdido el contacto con esos primeros amigos (y, en cierto modo, los únicos que había tenido) más de dos décadas atrás, y no podía dejar de preguntarme cómo serían, qué aspecto tendrían, en qué clase de adultos se habían convertido.

A estas alturas ya no me cabía duda de que aquella foto era una invitación, una cita para un reencuentro. Esa noche apenas dormí, dominado por aquella emoción eléctrica que me incitaba al movimiento, a la aventura.

Faltaba una semana para el día señalado en el reverso de la foto y yo, desde luego, no pensaba faltar.

Antaño no me hacía falta más de un paseo de media hora para llegar a aquel lugar. Esta vez, tuve que hacer un viaje de dos horas en coche. Durante los días anteriores aquella emoción jovial se había adormecido, pero a medida que me acercaba al lugar del reencuentro (al menos, estaba convencido de ellos, pese a que no había buscado ningún tipo de confirmación) despertaba de nuevo, sacudiendo el cansancio de dos horas de conducción con aquella energía llegada desde otra época.

Enfilé el sendero plagado de baches que conducía hasta la loma que fue escenario de miles de juegos y risas. Desde allí, las torres eólicas se veían imponentes en su majestuosa altura, las aspas girando, imperturbables, con un suave y profundo susurro.

Ya había un coche aparcado en el lugar, a pesar de que había llegado con veinte minutos de adelanto. Un hombre observaba las torres apoyado en el capó de su coche, las manos en los bolsillos, el cabello algo largo, lacio y surcado de canas agitado por el moderado viento. Era alto y flaco, aunque de espaldas anchas. Me dirigí hacia él en cuanto bajé del coche. El hombre volvió la cabeza hacia mí; el sol poniente pintó de rojo los cristales de sus gafas sin montura. Para mi propia sorpresa, le reconocí al instante.

–Marcos –dije, sonriendo, cuando me detuve a medio metro de él.

–Alberto –contestó con una sonrisa melancólica. Siempre había sido así, la efigie de un poeta.

Entonces supe que él había enviado la foto con la cita. Sólo a él podía ocurrírsele algo así de romántico y enigmático. Dos palabras que lo definían a la perfección. Al menos, así había sido en el pasado.

Me situé junto a él, apoyado en el capó del coche, los dos observando el constante y melifluo girar de las hélices.

–No va a venir nadie más –me dijo. No era ni una pregunta, ni una queja, sino una afirmación incuestionable.

Le miré, sorprendido.

–Sólo te envié la invitación a ti –explicó.

–¿Por qué?

–En realidad, no es del todo cierto que sólo te la haya enviado a ti. Lo que quería decir era que no os envié las invitaciones para el mismo día. La tuya fue la última. Espero que eso no te ofenda. Escogí el orden al azar.

–No me ofende, claro –contesté, un poco aturdido. No era aquello lo que había esperado. Imaginaba un reencuentro de los cuatro, risas, anécdotas, algunas cervezas (de hecho, tenía un paquete de seis latas en el maletero, en una nevera portátil), y hasta, tal vez, alguna lagrimita de emoción. Sin embargo, lo que Marcos me presentaba resultaba tan… sobrio.

–Supongo que te sientes decepcionado.

–No, no –mentí–. Todavía lo estoy procesando. ¡Dios, han pasado tantos años! ¿A qué te dedicas? ¿Qué has hecho con tu vida?

Marcos encogió sus hombros y su mirada se dirigió hacia el infinito. Exhaló un suave suspiro.

–Nada especial –respondió–. Lo cierto es que no hay nada destacable que contar de mi vida. Una vida inocua. Un bulto más del rebaño.

Aquella euforia eléctrica y rejuvenecedora que me había invadido al deducir la procedencia de la foto se evaporaba a marchas forzadas. No podía mentirme a mí mismo: estaba decepcionado. Lo último que me había esperado sentir era este ambiente lúgubre y deprimente que Marcos emanaba de su ser. Pero no debía ser egoísta. Quizás a Marcos le había sucedido alguna desgracia, algo traumático. Incluso era posible que ése precisamente fuera el motivo de que nos enviara aquella foto en busca de un reencuentro, aunque se me antojaba más lógico que hubiera preferido encontrarse con todos nosotros juntos.

–¿Alguno faltó a la cita? –pregunté con la única intención de romper aquel incómodo silencio.

–Toni.

–Entonces Suso sí vino.

Asintió.

–Fue como tú, llegó antes de la hora, como ansioso. –Asintió varias veces, muy despacio, como confirmando sus propios pensamientos–. Sin duda, no me había olvidado.

–Bueno, no creo que Toni te olvidara –dije, suponiendo que se sentía dolido–. Estaría ocupado. Pudo ser por muchos motivos.

–No soy más que una mera sombra para él…

–¡Venga, no exageres!

–…que, por una simple casualidad, pasó por una etapa de su vida –continuó, ignorándome, sin mostrar expresión alguna–. No estoy presente en su memoria, y eso está bien.

Empecé a perderme. ¿Estaba bien?

–Sí, eso está bien –repitió, como si me hubiese leído el pensamiento–. En cambio, Suso y tú, pese a tener vuestras vidas, preferisteis volver al pasado, en un fútil intento de revivirlo. –Y meneó la cabeza reprobatoriamente, como un profesor mirando las notas mediocres de un alumno en el que tenía altas expectativas.

–¿Y eso te parece mal? –repliqué, indignado–. Entonces, ¿para qué toda la parafernalia de la foto, la cita…?

–Una comprobación –respondió, todavía con esa mirada ausente vagando sobre las hélices en constante movimiento–. Tan sólo quería comprobar quién me recordaba, y quién no.

Entonces, con mesura, casi con elegancia, se apartó del capó y fue hasta la puerta del acompañante de su coche.

–No te entiendo –le dije mientras él abría la puerta y se inclinaba hacia el interior, al parecer para coger algo de la guantera–. ¿Puede saberse para qué puñetas me has traído hasta aquí?

Se apartó un paso del coche y se volvió hacia mí con tal naturalidad que tardé varios segundos en darme cuenta de que tenía una pistola en la mano derecha, el cañón dirigido a mi torso.

Esbocé media sonrisa, incrédulo.

–¿Es una coña? –pregunté.

–No –contestó, y acto seguido, apretó el gatillo.

El estallido fue casi insignificante, apenas tardó un instante en desaparecer en aquella amplia llanura marrón. Mucho más trascendental fue el dolor que me invadió y cuyo epicentro era mi vientre. Caí de rodillas, las manos presionando la herida tiñéndose de sangre. Lancé una mirada asustada e interrogante a Marcos, que me recompensó con su gélida inexpresividad.

–La razón por la que te he traído hasta aquí –se dignó a explicarme al fin, con calma didáctica– es porque necesito ser olvidado. Me he dado cuenta de que no sólo estoy insatisfecho con mi actual vida anodina e insulsa, sino que la odio con todas mis fuerzas. No hay nada en ella que me motive: ni mi mujer, ni mi hijo, ni mi trabajo… Nada. Cada vez que veía mi reflejo en el espejo, sólo sentía un infinito desprecio. Era necesario terminar con todo, volver a empezar. Pero demasiada gente recuerda mi patética persona. ¿Cómo puedo vivir una nueva vida con tantas personas visualizándome en mi anterior rol? Sólo existe una opción: terminar con todos esos imbéciles que se empeñan en recordarme como un gusano.

Apenas podía procesar el demencial monólogo de Marcos. Tan sólo una cosa ocupaba mi mente: mi inminente muerte. Y mi única salida era suplicar y rezar para que aquel loco entrara en razón.

–Esc… Escúchame, Marcos, todo eso… –empecé, pero él continuó su diatriba, ignorándome por completo.

–Primero fueron mi mujer y mi hijo, en gran parte responsables de mi desdicha. Pero luego caí en la cuenta de que debía remontarme al principio, a la raíz de todo. Vosotros. Vosotros, que siempre me tratabais como si fuera afeminado. Vosotros, que debido a mi débil salud me convertisteis en objeto de burla. Vosotros que, en definitiva, me veíais como a un ser inferior, como si el hecho de que me permitierais estar en vuestro grupo fuese algún tipo de favor especial por vuestra parte. Vosotros, la fuente de mi risible existencia.

–Te equivocas, nosotros nunca…

–¡Cállate, cállate! –gritó, mostrando emoción por primera vez desde este fatal reencuentro–. ¡Yo no me equivoco! ¡Para vosotros, cabrones, yo siempre era el que se equivocaba, yo nunca tenía razón! Es culpa vuestra que jamás nadie me haya tomado en serio.

Marcos aspiró por la nariz hasta hinchar los pulmones, y exhaló el aire en un largo suspiro. Volvía a estar calmado, como si el aire expulsado fuese su ira.

–Y ahora –dijo, cada palabra hielo puro, imposible de derretir– ha llegado el momento de que me olvides, igual que tuvo que hacer Suso.

–Suso… –gemí.

–Sí, Suso, enterrado justo debajo de nuestros pies con sus malditos chistes. Alégrate, no estarás solo.

Hice un intento desesperado por abalanzarme hacia él, arrebatarle el arma, volarle su maldita cabeza enferma… El segundo disparo taladró mi pecho, terminando con mis esperanzas de supervivencia.

Tumbado de espaldas sobre la tierra cálida, respirando sangre, mis ojos se desviaron hacia las torres eólicas, y sus aspas altivas e impasibles. Observé que sus movimientos giratorios se ralentizaban. Estaban a punto de detenerse. De pronto, me inundó la expectación. Ansiaba poder ver ese momento. Por favor, Dios, no permitas que me vaya antes de verlas detenidas por completo. Al menos concédeme eso, da una muestra de que mi muerte importa, por favor, Dios…

El cañón de la pistola quema mi frente, pero no aparto la mirada de las hélices.

Al fin, se detienen. Y sonrío.


Para otra versión, visita Retais da Nada

lunes 27 de octubre de 2008

MENTES TURBULENTAS


Una nublada tarde de principios de mayo, Miguel se encaminó hacia el edificio donde vivía su supuesto amigo Héctor para pedirle que le devolviera de una vez por todas la película Instinto Básico, que su padre había empezado a reclamar con inquietante insistencia. Miguel le había prestado la película a Héctor hacía dos meses, y hacía dos semanas que venía pidiéndole que se la devolviese, en vano. Miguel empezaba a cabrearse, pero no podía hacer nada contra Héctor; era de esa clase de tipejos que no valían una mierda, pero que, por alguna esotérica razón, contaban con un buen número de matones dispuestos a dejar sin dientes a cualquiera que ellos les indicasen. Y si ahora Miguel se había decidido por fin a ir hasta su piso para pedirle la famosa película de Sharon Stone (de Michael Douglas no solía acordarse nadie), se debía únicamente a que el miedo que le tenía a su padre superaba con creces al que le tenía a Héctor y sus matones.

Cruzó la calle, y cuando se disponía a tocar el portero de Héctor, una mujer joven que no estaba nada mal salió del edificio. Miguel aprovechó y entró. Así no había peligro de que Héctor le dejase en la calle. Sabía que Héctor estaba en su piso porque hacía cinco minutos que le había llamado por teléfono y había sido él quien había contestado; Miguel había colgado sin decir ni mú. Quería pillar al mamón por sorpresa. El ascensor le llevó hasta la sexta planta y pulsó el timbre de la puerta C. Cabía la posibilidad de que Héctor no le quisiese abrir, en cuyo caso Miguel estaba dispuesto a ser todo lo persuasivo que hiciese falta. Pero no hubo problema. Héctor no tardó más de ocho segundos en abrir la puerta. Era alto, un metro ochenta al menos, pero también muy delgado, casi hasta el punto de ser esquelético; los ojos eran grisáceos, dueños de un brillo que denotaba su perpetua e imperecedera arrogancia. Vestía una camiseta verde, pantalones de chándal negros y tan sólo calzaba unos calcetines blancos.

Ah, eres tú dijo, sin el menor asomo de sorpresa y sí con algo de desprecio. Pasa.

Miguel se sorprendió. No esperaba que las cosas fuesen tan fáciles y no pudo evitar sospechar que había alguna trampa. Entró en el piso y siguió a Héctor hasta su dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.

El dormitorio de Héctor no era muy grande, dado el tamaño del piso, pero los pocos muebles eran proporcionales al tamaño del cuarto, de modo que parecía más espacioso de lo que en realidad era. Al fondo estaba la ventana; bajo el alféizar se asentaba un escritorio color negro, cuyos extremos iban de pared a pared; a la derecha había un sofá-cama verde plegado, y tras la puerta, un armario blanco de dos puertas; a la izquierda sólo había un perchero con varios abrigos y camisas colgados. Sobre el escritorio había un par de ejemplares del Penthouse y un cómic erótico en cuya portada salía la típica chica medio desnuda en actitud promiscua.

Héctor se sentó en la silla giratoria que había delante del escritorio; Miguel lo hizo en el sofá, sin esperar invitación alguna. Su anfitrión se volvió hacia él, haciendo girar la silla de un modo teatral, como si se creyese el villano de una película policiaca, lo que, en definitiva, era su actitud habitual. Miguel no se dejó impresionar.

¿Tienes mi película? le preguntó. Como siempre que quería parecer imperturbable, la voz le salió un poco temblorosa.

Héctor, que claramente sabía a qué había venido Miguel, se giró levemente, abrió el primer cajón del escritorio, cogió la película y se la lanzó a su compañero de clase como si se tratase de una basura pringosa. La película aterrizó en el regazo de Miguel.

Ahí tienes tu película dijo Héctor, cerrando el cajón con una estudiada sonrisa despectiva dibujada en su enjuto rostro.

La sonrisa de cortesía (era una costumbre difícil de erradicar) que exhibía Miguel se fue borrando poco a poco. Su mirada pasó de la sorpresa a la incredulidad. Observó la película que tenía en las manos como si fuese la primera vez que la veía, y de hecho, era la primera vez que la veía, al menos en aquel estado.

Para empezar, el plástico de la caja que cubría la carátula estaba rasgado por delante, seguramente con un cúter; la carátula estaba cortada por el mismo sitio, de arriba abajo, de modo que plástico y cartulina estaban divididos por una línea muy precisa. Pero eso no era todo. Limitarse sólo a eso no habría sido propio de Héctor. Una polla descomunal, con sus correspondientes testículos, había sido dibujada al lado de la cara de Sharon Stone; del glande surgían unas gotas, como si se estuviese corriendo (o quizá meando, dependía de las preferencias del artista). Había un bocadillo de tebeo con el rabito apuntando a la señora Stone, en el cual se leía: “¡Me encanta la polla de Migue!” (Héctor siempre llamaba Migue a Miguel, un mote que éste detestaba, más por quién se lo llamaba que por otra cosa.) Por el exterior no había más detalles cortesía de Héctor, pero Miguel sabía que aquello no era suficiente para aquel hijo de puta. Qué va. Él tenía que llegar hasta el final. Pudo confirmar esto cuando abrió la caja: la cinta sobresalía de su carcasa, partida en dos.

Héctor sonreía divertido, con un brillo sádico en sus ojos grises, mientras observaba cómo el rostro perplejo de Miguel enrojecía. No le preocupaba lo más mínimo lo que aquel pobre gilipollas hiciese o cómo reaccionase. Sabía que jamás se atrevería a ponerle las manos encima, de lo contrario tendría que atenerse a las consecuencias.

Maldito hijo de puta dijo Miguel, pronunciando las palabras cuidadosamente-. La has dejado hecha una mierda. Miró a Héctor. Mi padre me va a partir la cara, ¿lo entiendes? ¡Joder!

Pues trátalo con él replicó Héctor, impertérrito. No es asunto mío.

¡Una mierda! Me la tienes que pagar, ¿comprendes? ¡Me tienes que pagar la jodida película!

Esa película... no vale nada.

¡No vale nada! repitió Miguel, curiosamente sorprendido por esa réplica. ¿Vales tú más, so cabrón?

Por supuesto. Mi valor es incalculable.

¿Y si te parto la cara, qué pasa? ¿Qué pasaría entonces, mamón?

Pues que llamaría a mis amigos contestó Héctor, manteniendo su actitud impasible y ellos te partirían todos los huesos del cuerpo. Sólo tengo que hacer esto Héctor chasqueó los dedos, y en un instante todos estarían sobre ti, machacándote. Así de simple.

Ah, ¿sí?

Miguel reflexionó sobre aquella amenaza. Sabía que era cierto; si tocaba a Héctor, aunque sólo fuese un pelo, la mitad de los matones del instituto irían a por él. Pero sólo de pensar en la somanta de palos que le daría su padre si llegaba a ver cómo había quedado la película hacía que sintiese la imperante necesidad de lanzarse sobre aquella mierda que se debía de creer Al Capone o algo parecido, y darle de puñetazos hasta que los sesos le salieran por las orejas. Eso hubiera sido lo correcto; en cambio, lo que hizo fue cerrar la caja del vídeo, levantarse del sofá y salir del cuarto como una exhalación, mascullando:

Hijo de puta.

Héctor sonrió, complacido por cómo habían salido las cosas.

Cierra la puerta le dijo a Miguel cuando éste salió al pasillo.

¡Ciérrala tú!

A Héctor no le molestaba en absoluto que la puerta estuviese cerrada o no, pero para darle más emoción a la cosa, se levantó de la silla como si estuviese cabreado (le divertían este tipo de numeritos), gritando:

¡Te he dicho que la cierres! salió al pasillo a tiempo de ver a Miguel desaparecer tras la esquina donde el pasillo se doblaba hacia la derecha. ¡Y será mejor que mañana te prepares, escoria! añadió, sintiéndose orgulloso de sí mismo por lo bien que manejaba a esos gilipollas retrasados que no valían ni un pedo suyo. Regresó al interior del dormitorio, entrecerrando la puerta.

Miguel apretaba con tanta fuerza los dientes que le rechinaban. Estaba harto de que aquel mierda le puteara cómo y cuándo le viniese en gana, estaba hasta los mismísimos cojones de ser humillado, vapuleado, pisoteado por un chulo de mierda que de no tener un escudo de matones no valdría absolutamente nada. ¡Cuánto deseaba demostrarle a aquel hijo de perra la poca cosa que era en realidad!

¿Es que no hay modo de demostrárselo?, se preguntó Miguel al tiempo que abría bruscamente la puerta del piso.

Se detuvo bajo el arco de la puerta. Las pupilas le brillaban de un modo extraño, como si una luz brumosa se reflejara en ellos.

Sí, había un modo. Un modo definitivo. Un modo que demostraría no sólo a Héctor, sino al resto de los gilipollas como él, y también al cabrón de su padre, que él no estaba dispuesto a ser el hazmerreír de todos. No en este planeta, joder.

Retrocedió unos pasos y empujó la puerta, cerrándola sin girar el pomo, como si la estuviera cerrando desde fuera.

Escuchó.

Nada.

Caminó con cuidado hasta la esquina del pasillo, y asomó la cabeza. Pudo ver la puerta del cuarto de Héctor medio cerrada. La cocina estaba justo al doblar la esquina, a la izquierda. Entró en ella. Miguel dejó la película sobre la mesa y abrió un cajón del mueble de cocina. Trapos. Abrió otro. Sonrió. Allí estaban los cubiertos. Con movimientos pausados, y manteniéndose atento por si Héctor salía de su cuarto, cogió un cuchillo de cortar carne por el mango de madera. Lo empuñó; acarició con el índice el filo serrado. Se lo guardó en el bolsillo de los vaqueros.

¿Lo hago?, se preguntó. Vio en su imaginación la cara de pánico que pondría Héctor. Mostró los dientes en una sonrisa canina. Desde luego que lo haría.

Salió de la cocina sin hacer ruido al andar. Oyó que Héctor murmuraba: “¡Qué polvazo tienes, nena!” Miguel sonrió, pensando en lo rápido que se le bajaría a Héctor dentro de nada. Se detuvo delante de la puerta y miró por la estrecha rendija que había entre ésta y la jamba. Héctor miraba el cómic erótico con una sonrisa viciosa; su mano derecha desaparecía bajo el pantalón y se movía con rapidez.

Miguel alzó la mano, cogió aire y empujó la puerta con fuerza, haciendo chocar el pomo contra la pared.

¡Hola, pedazo de cabrón! saludó, entrando en el cuarto.

Héctor prácticamente dio un salto. Sacó la mano del pantalón y dejó caer el cómic.

¡Qué coño haces aquí! exclamó. Su máscara de chulo imperturbable se hizo añicos. El miedo y la confusión bailaban la danza del acojonamiento en sus ojos. Se puso en pie, en un vano intento por parecer amenazador.

¡Quédate quieto, gilipollas! le espetó Miguel, devolviéndole al sofá de un empujón.

¡Cabrón!

Miguel acercó la silla giratoria y se sentó frente a Héctor.

Vamos a hablar un poco dijo.

A Héctor no le pareció que los planes de Miguel fuesen a limitarse a una charla. Pero no podía permitir aquello, que un pobre imbécil, un perdedor como Miguel, le estuviese haciendo pasar semejante humillación. Tenía que hacer algo.

Esto me lo vas a pagar, hijo de puta fue lo único que se le ocurrió decir; a su voz le faltó su firmeza habitual.

¿Quieres decir que me vas a echar a tus matones encima? La voz de Miguel sí sonó firme, por primera vez en su vida.

¡Sí! ¡Te van a destrozar!

Miguel lanzó una carcajada.

¿Por qué no chasqueas los dedos? A lo mejor aparecen y todo. ¿No era eso lo que tú decías?

Vete preparándote.

¿Quién, yo? Miguel sacó el cuchillo del bolsillo. Mira. Mira esto.

Los ojos de Héctor se abrieron como platos.

Te has vuelto loco...

¡Sí! Miguel se levantó y apartó la silla de un manotazo; la silla rodó hasta el pasillo.

¿No intentas escapar? ¿Eh? La adrenalina mantenía el cuerpo de Miguel tenso como la cuerda de una guitarra; apretaba con tanta fuerza el mango del cuchillo que las venas de la mano y la muñeca se le abultaban. ¿Por qué no llamas ahora a tus amigos, maricón de mierda?

Héctor prefirió la primera opción. Con la mirada fija en la puerta saltó del sofá y trató de huir hacia el pasillo. No llegó muy lejos. Miguel alargó el brazo, le cogió por el rizado cabello y tiró de él, tumbándole de espaldas. Héctor apenas tuvo tiempo de soltar un grito de dolor cuando Miguel hundió el tacón en su estómago. Héctor se quedó sin oxígeno.

¡Llama a tus amigos ahora, pedazo de mierda! gritó Miguel, enviándole puntapiés a las costillas y al pecho.

Héctor trataba de respirar al tiempo que pugnaba por cubrirse de los golpes de Miguel, con escaso éxito. Por primera y única vez en su existencia, Héctor suplicó a Dios por su vida. Sus súplicas no parecieron ser tomadas en cuenta. Miguel, emitiendo carcajadas histéricas, se dejó caer de rodillas, agarró el delgado brazo de Héctor con la mano libre para descubrir el enteco torso, alzó el cuchillo sobre su cabeza, lo dejó caer. El filo se clavó hasta el mango en el vientre de Héctor. Cuando Miguel lo desclavó con brusquedad la sangre salpicó las baldosas del suelo. Héctor emitió un grito ahogado; estaba llorando de pánico. Miguel continuó apuñalándolo por el vientre y el costado. Ya no reía. Cualquiera que le hubiese visto cinco minutos antes no creería posible semejante cambio en su fisonomía. El rostro de Miguel expresaba un odio tan profundo y salvaje que no parecía humano.

No paró de subir y bajar el cuchillo hasta que una de las puñaladas se desvió de su trayectoria y fue a impactar contra el suelo; la hoja del cuchillo se partió.

Miguel se quedó un momento observando el cuchillo roto, confuso, como si no acabase de entender qué había ocurrido. Su mente regresaba lentamente de su viaje a la zona más oscura de su alma. Luego, observó la camiseta empapada en sangre de Héctor, sus ojos en blanco, la sangre que salía de su boca. Miguel rió cansinamente, alzó el cuchillo y lo estrelló contra el suelo.

Estás muerto, ¿verdad? susurró al cuerpo inerte de Héctor, y volvió a reír. No había ni pizca de humor en su risa, tan sólo amargura, una amargura tan profunda como su odio.

Se puso en pie; de los dedos de la mano derecha caían gotas de sangre. Fue hasta el pasillo y de una patada envió la silla de nuevo al interior del cuarto; la silla tropezó contra el costado ensangrentado de Héctor y cayó sobre su maltrecho torso.

Para que sientes cabeza, imbécil masculló Miguel, y cerró la puerta.

Entró en el cuarto de baño, que estaba frente al dormitorio de Héctor. Se miró en el espejo. No sólo tenía la chaqueta y la mano pringosa, sino que la sangre había llegado hasta su cara, manchándole las mejillas y la frente.

Parezco un puto carnicero dijo, sin emoción. Joder, cómo me ha puesto el cerdo.

Se quitó la chaqueta, que tiró dentro de la bañera (donde había un pequeño montón de ropa sucia) y procedió a lavarse las manos y la cara. Se secó y se dirigió a la sala de estar, ubicada justo enfrente de la entrada. Era bastante grande. Había un balcón cerrado y las ventanas estaban cubiertas por largas cortinas color crema. Miguel se asomó al cristal de la puerta que accedía al balcón y observó los edificios del exterior. Aquel panorama, tan conocido y cotidiano para él, aquella ciudad de la que a veces creía estar harto, se le antojó de pronto lejana e inalcanzable, y eso le desgarró por dentro. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero eso fue todo. No hubo mayor dramatismo; ni llantos ni aspavientos. Sólo unas cuantas lágrimas resbalando por sus mejillas y la sensación de que algo se había roto en su interior. Supo que su vida había terminado, que ya no tendría futuro, ni esperanza de felicidad. Todo eso había muerto en el mismo instante en que había perdido el control. Pensó en su madre, que tenía que sufrir los maltratos de su asqueroso marido. Pensó en Natividad, la chica de la que llevaba enamorado desde que comenzó el instituto y con la que había conseguido trabar una especie de amistad, aunque nada más. Siempre estuvo convencido de que había perdido las esperanzas de ser algo más que un amigo para ella. Ahora, demasiado tarde, se daba cuenta de que en realidad sí tenía esperanzas de conseguirlo. Pero ya había cruzado la línea; de hecho, no sólo la había cruzado, sino que la había apuñalado una veintena de veces.

Ahora todo había terminado. Su madre sufriría; Natividad quizá también.

Mierda...

Se apartó del cristal. Cogió el mando que había sobre la mesita situada en el centro de la sala y se dejó caer en un sillón. Se sorprendió de lo agotado que se sentía, como si hubiese estado cargando sacos de cemento durante horas. Los músculos del brazo derecho estaban algo agarrotados y le dolían. Encendió el televisor. Estaban emitiendo Pasapalabra. Miguel sólo quería romper aquel silencio asfixiante, poco le importaba lo que diesen. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Vio sangre, el pánico en los ojos de Héctor. Luego, sólo oscuridad. Se dio cuenta de que estaba a punto de dormirse. Dos segundos antes de dejarse vencer por el sueño, pensó que los padres de Héctor podrían llegar en cualquier momento.

“Y qué importa”, se dijo. Y se durmió.

Despertó.

Los ojos volvieron a la vida.

Vio la sangre... Su sangre.

La cabeza le dolía; tenía el cuerpo frío, entumecido.

Tardó un rato en lograr levantarse. Estaba débil, muy débil. Las piernas le temblaban, apenas lograban sostenerle. Lo mejor era dejarse caer, dejarse llevar... volver a dormir.

No. Tenía algo que hacer. Algo importante.

Tambaleándose, a punto de caer, avanzó, muy despacio.

Abrió la puerta.

Llegó al pasillo.

Un paso... Otro paso... Otro paso... Otro paso...

Se detuvo.

Allí estaba.

Dormía.

Le observó.

Miguel se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo con furia. Miró a su alrededor, desconcertado y asustado. Y allí estaba. Héctor. Le observaba desde el umbral de la puerta, la camiseta empapada en sangre.

Miguel se restregó los ojos y volvió a mirar. No había nadie. Antes de permitirse suspirar de alivio miró a su alrededor, pero en la sala sólo estaba él. Entonces sí, suspiró. Había tenido una pesadilla espantosa en la que Héctor, con la cara pálida como el papel y una mirada que daba repelús, volvía a la vida con el único propósito de vengar su propia muerte. Mierda, debían ser los remordimientos. Supuso que tendría pesadillas el resto de su vida. Quizá acabaría volviéndose loco.

Quizá ya lo estaba.

Se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con las manos. ¿Por qué lo había hecho? Había arruinado su vida, todo por las ofensas de un gilipollas que no valía nada. ¿Qué diría Natividad cuando se enterase? ¿Sufriría? ¿Le odiaría?

¡Joder! exclamó, golpeándose las rodillas con los puños. Esta vez lloró con fuerza durante un buen rato, y por su mente no cesaban de aparecer imágenes de Natividad y su madre sufriendo por su culpa. Las había decepcionado. Había decepcionado a todo el mundo, incluido él mismo.

Cuando se calmó lo suficiente, se preguntó qué podía hacer. Supuso que debería entregarse a la policía, pero la idea de acortar aún más lo poco que le quedaba de libertad no le atraía demasiado. Lo único que podía hacer era vagabundear por la ciudad hasta que le pillasen. Sí, eso parecía lo mejor. Así reflexionaría sobre lo que había hecho y el futuro que le aguardaba, aunque seguramente esto sólo serviría para quitarle las pocas ganas de vivir que le quedaban.

Mierda, qué más daba. Su vida ya se había ido al garete. Daba igual lo que hiciese ahora.

Se levantó del sillón y apagó el televisor. Miró el reloj: las seis y media pasadas. Todavía preguntándose qué hacer, caminó distraídamente hasta el pasillo. Casi sin darse cuenta se encontró ante la puerta del cuarto de Héctor.

Sentía la enfermiza necesidad de ver otra vez el cadáver, aunque no podría determinar el motivo. Tal vez para ser más consciente de lo que había hecho; tal vez por simple curiosidad morbosa. Ni siquiera se lo preguntó. Simplemente llevó la mano hasta el pomo, lo giró y abrió la puerta.

Durante dos segundos el corazón dejó de latirle.

Héctor no estaba. Había un gran charco de sangre y la silla seguía volcada, pero el cuerpo no estaba.

Pero qué... murmuró, incapaz de asimilar lo que estaba viendo.

Entonces vio algo más: pisadas de sangre. Las siguió con la mirada, aturdido. Iban hacia donde estaba él; pasaban por debajo de sus pies. ¿Cómo no las había visto antes? Se disponía a girarse para ver a dónde iban a parar cuando un brazo surgió desde detrás y se ciñó a su cuello. Miguel soltó un grito.

Héctor empuñaba el cuchillo roto y comenzó a hacerle cortes en la cara. Uno de los cortes casi llegó hasta su ojo. Miguel consiguió zafarse del brazo, y en el proceso, el cuchillo partido le hizo un largo corte desde el pómulo hasta el maxilar, cruzando su mejilla. Se volvió hacia su atacante, con la sangre manándole profusamente de las heridas.

Allí estaba Héctor, la camiseta empapada de su propia sangre, el rostro medio azulado, más muerto que vivo; pero sus ojos brillaban con intensidad, y sonreía; una sonrisa cargada de ominosas intenciones.

Miguel estaba demasiado sorprendido por el terrible aspecto que ofrecía Héctor como para reaccionar. Héctor tampoco le dio tiempo. De un movimiento rápido y certero, le hizo un corte profundo en la garganta. La sangre empezó a manar a borbotones.

Miguel pestañeó, desconcertado, sin acabar de comprender qué había ocurrido. Se llevó las manos a la herida del cuello al tiempo que retrocedía unos pasos. Héctor le observaba fijamente, con aquel brillo insano en sus ojos. Ya no sonreía. Su boca estaba curvada hacia abajo en una mueca de odio.

Miguel cayó sobre sus rodillas. Todavía mantenía las manos en la garganta y los dedos se teñían de sangre con rapidez. Lanzó una mirada perpleja a Héctor; luego se derrumbó. Su rostro bañado en sangre se estrelló contra las baldosas, provocando un sonido viscoso. Tuvo una fugaz visión de Natividad, sonriéndole. Quiso correr hacia esa sonrisa. Las tinieblas le envolvieron antes de lograr alcanzarla.

Estaba muerto. Héctor lo supo. Miguel no volvería a levantarse como había hecho él. Dejó caer el cuchillo al suelo. El cuerpo le temblaba violentamente. Con movimientos torpes, se giró y empezó a caminar hacia la sala, decidido a llegar hasta el teléfono y a sobrevivir. Sí, iba a sobrevivir, lo iba a conseguir, tenía que conseguirlo; llamaría a una ambulancia, le recogerían y lograría sobrevivir, porque un imbécil como Miguel no podía matarle, nadie podía, porque él tenía las pelotas más grandes y eso nadie podía negárselo, y lo iba a conseguir, sí, podía sentir cómo le volvían las fuerzas, cómo...

Se inclinó bruscamente para vomitar un espeso chorro de sangre; a continuación, cayó cuan largo era sobre su vómito.

Unos segundos más tarde, dejó de respirar.


Nota del autor: Esta relato lo escribí hace algún tiempo, basándome en un cortometraje que hice con el que era mi mejor amigo en el instituto, Santiago. Dicho cortometraje se perdió debido a circunstacias personales, igual que perdí el contacto con Santiago. A pesar de que probablemente nunca lea esto, a él le dedico este relato, un recordatorio de nuestros buenos momentos.